miércoles, 25 de mayo de 2011

Me está creciendo la barba y tengo el pelo más largo. El cigarrillo es una extensión de mi mano. La música, de mis oídos. No estoy porque no quiero estar. Pero cuando estoy, soy otro. Regalo abrazos, miradas, jugo, que al cabo, son esas sonrisas. Siempre trato de entregar más que palabras. Vuelvo de madrugada a mi casa, fumando un pucho estrangulado por la boca y mi cara arrugada por el frío. Un cuello de almeja y las manos bien apretadas dentro de los bolsillos de la chaqueta de cuero.

Estoy aislado de facebook. Nunca ocupé el twitter que me creé. La gente ya no ocupa el messenger o muy poca. Si no fuera por el cel, socialmente me hago polvo. Pero aquí estoy, de este lado de la red, en nada, viendo cómo pasan las días, tan rápido que me confunden. Aprovechándolos sin que importe lo de más. Escribiendo quién sabe qué. Sentado, pegado a la pantalla, reteniendo alguna idea. Perdiéndome un rato en las palabras, y más si no las tengo. 

Soy un oso polar invernando en las faldas de Santiago. Salgo a  cazar y siempre decido irme de vuelta a mi cueva de invierno. Como un viejo mañoso, me acostumbré a mi viudez. De una forma espiritual, claramente. En una prisión mental y espacial, capeada con películas, comida y té de hierba. Sólo hasta que salga el sol. 

Me mantengo tranquilo, casi estático durante horas. Despierto a escribir un sueño. Tomo sol y un té en la mañana. Leo. Salgo a caminar. No pierdo el momento en saludar a un viejito que sale a caminar al mismo tiempo. Cuántas arrugas, qué pocos dientes, cuánto esfuerzo para abrir los ojos y saludar de vuelta. Me siento bien. Vuelvo y escribo algún recuerdo de la infancia. Algo perdido que aparece por vez única. Lo que sea.

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