Edad: 17 años.
Trabajo: auxiliar de los condominios puertas de la reina.
Aspecto: flaco, moreno de pelo corto, con tatuajes en los brazos, quizás un parte de sicatrices en la cara. Medía un metro setenta, no más. Vestía uniforme azul y a veces overol del mismo color. Se paseaba con un basurero con ruedas, la pala y una escoba de paja.
Recuerdos: "wena, cómo está la del 406, aaaaaaah" me preguntaba cada vez que me veía, porque yo estaba saliendo con la flaca, una niña que aún vive en ese departamento.
"Aprendí a jugar pin pon en la cana [...] trabajo pa sacar a mi hermano de la cana" conversaba, mientras jugaba pin pon en las mesas de los condominios.
Una vez, en los tiempos post emergente del hip hop nacional, una pandilla (un par de pelusas) le venía a pegar a alguien. No sé si al rucio o al teto. No sé. La cosa es que en la portería estaba el brígido y cuando se enteró de que venían a pegarle a uno de sus "cabros", salió de la portería, encaró a los hiphoperos mostrándole los músculos de sus brazos, como quien carga pesas. Y mientras, les dicía "métanse con una de mis cabros y les saco la reconcha su madre pendejos cuicos reculiaos, raspen antes de que me baje el mono, no los quiero ver más acá, ya saen". Cualquiera se retracta contra el Brígido.
Murió un día domingo, en la mañana, entrando a la tarde. Yo tenía 10 12 años. Volvíamos de misa cuando pasamos por la portería, sus rejas estaban abiertas de par en par. Una ambulancia Help había entrado hasta la plaza, estacionándose en la entrada del edificio C.
El dueño del departamento 906 (el último piso mirando a Tobalaba) le ofreció 10 lucas al Brígido, para que se pasara a la terraza de su departamento. Al señor se le habían quedado las llaves adentro.
Las 10 lucas, y ahora que lo pienso, no sé si se las ofrecieron o el las propuso, las tuvo que haber aceptado casi como un regalo caído del cielo, gratis. Después de todo, era un trabajo para el Brígido.
Desde el borde de la escalera, hasta el borde del balcón de la terraza, la distancia era de un metro y medio. Entre medio de ambos bordes, había una caída libre de 9 pisos de altura. Fuera de esas condiciones, saltar un metro de largo no es nada.
Se subió en el borde, seguramente ayudado por alguien, y saltó a la terraza del 906. Estaba bien. Lo hizo. Ahora debía abrir alguna ventana, entrar, buscar las llaves, abrir la puerta y el trabajo estaba hecho. Pero no había ninguna ventana abierta, todas tenían el seguro puesto. Sólo quedaba devolverse por el mismo camino.
Se paró en el borde del balcón del departamento, esta vez solo. Afirmandose desde el techo con un brazo, su rostro cambió. No era el Brígido, en sus ojos apareció el miedo, la inseguridad justo al momento de saltar de vuelta.
El primer pie, de seguro vestido con un zapato de construcción negro, que tocaría el balcón de vuelta, rozó el borde de cemento y el Brígido empezó a caer.
Cuando me bajé del auto y caminé a portería a preguntar qué había pasado, vi a Segundo llorando. Le pregunté que pasó y me respondió repitiendo varias veces el nombre real del Brígido. Me recomendó no ir a verlo.
Cayó de cabeza. Me dijeron que lo había visto el pinky, pero ayer escuché que fue el gato. Unos niños 2 años más chicos que yo. Cayó de cabeza. Me dijieron que estaba irreconocible. Se quebró el cráneo y la mandíbula que desfiguró su cara. Su cuerpo quedó sobre una mancha gigante de sangre.
Hay historias que se deben contar.
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