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domingo, 27 de junio de 2010

Idea fría


Santiago de Chile. 17 Enero 2008. En un baño de dos por dos, con un Water y un lava manos del porte de una bacinica, podía cagar y lavarme las manos al mismo tiempo. No se podía fumar. Tenía un espejo colgado. A la misma altura, una ampolleta que no se apagaba en todo el día.

Entre productos de limpieza, papel higiénico, sopapos y cajas, encima, estaba tirada una torre de camisetas, cinturones y pantalones con falla. Baño-bodega. Todo junto, más ese incesante sonido de la calefacción de la tienda. Era tener la turbina de un avión sobre la cabeza. Se apagaba con la ampolleta. Se apagaban.

Parado frente al espejo, me miro. Me peino. Entro mi camisa al pantalón y salgo. Me pongo mis lentes de sol. Es mi hora de almuerzo y estiro la mano a Octavio, mi "jefe", que me pasa 3 lucas.

La tienda Bellota tiene un cuarto de siglo. Creo. En el Apumanque, donde trabajaba, mis compañeros de tienda eran José, que trabajaba porque tiene una hija; Octavio, por las lucas; y Alex, un cabro con tiempo.

Buena onda. Uno salía a darse unas vueltas, después salía el otro. A pasearse por el Moll. Almuerzos más largos.

Trabajo por dinero para escaparme. Sé a dónde quiero ir, pero no sé a dónde voy a llegar. Es como la vida. Lo importante en esto es llegar.

Escapo porque nunca me había sentido tan solo. Me quería borrar del mapa, un mes que sea. Tomé mis cosas y me fui solo al Perú.

Tenía que sacarme todo estando lo más lejos posible. Antes de irme, me despedí de algunas personas. Era como para no volver. Le declaré mi amor a la cata: que la amaba, que fuera la madre de mis hijos. Yo la dejé ir una vez, ahora ella a mí.

Tomé mi pieza y la dejé pelada. Boté cajas de recuerdos, regalos, fotos, miles de papeles. Ese fue mi closet. Mi escritorio quedó sin papel alguno. Mouse, pc, teclado, pantalla y parlantes. Mi repisa de tres pisos se quedó con mis libros, resguardados por Juampo, mi oso. Cds, cintas, una pipa y un par de perfumes. Y sería.

Perú, playa de Huanchaco. 24 de febrero de 2009. 5 de la mañana. Acabo de llegar, por fin me puedo bajar de ese bus de mierda. Necesitaba un tico que me llevara a la costa. 30 soles, me rajó el chato al verme la cara de urgido. "El centro es peligro" me dijo. Me subí al taxi.

Cinco días estuve sentado frente al mar. Mi carpa, una sombrilla, el bidón con agua, la manzana-pipa y el mar. Estaba solo. Me había quedado así. No entendía, y para hacerlo, mejor, me fui a sentir la soledad, a vivir con ella, a entenderla, disfrutarla.

Lo logré. No es mala compañera estando solo, pero siempre es mejor estar de a dos. No era mi momento. No tenía que serlo tampoco.

Pensé en todo. Ordené mis dudas para ser contestadas por la confianza de mi criterio. Acerté. Conseguí las respuestas. Construí mis cimientos sobre la arena, sentado a lo indio bajo a la sombrilla. En mi mano, un libro abierto cortado por mi dedo gordo, se apoya en mi pierna. No estoy leyendo. Tengo la vista perdida en el horizonte. Embobado por el sol, el mar y los pájaros que vuelan a ras del agua cerca de la costa. Con un giro suben a lo alto para dejarse caer en picada, sumergiéndose con un clavado. Aleteando salen a flote. Vuelven a volar con el almuerzo en el pico, un pescado. Qué buena idea "almorzar" pienso. 

Introspección, catarsis, ataraxia. Necesitaba sanarme de las dudas y de algunos momentos. Dios, la tierra, el amor, la amistad, la familia, el pasado, presente y futuro en un mismo segundo. ¿Qué quiero? Bien. Hay que ir por eso.

Del mar salió uno de estos pájaros.  Caminaba lento. Unos niños le tiraban arena y él ni se inmutaba. El mar, su ritmo, volar lo tenían cansado. Agotado. Quería descansar. "¡HEY! ¡NO LO MOLESTEN ES MÁS VIEJO QUE USTEDES!" Les grité a los cholitos que me hicieron caso. 

El pájaro se puso a descansar a mi lado. Estaba a un metro de distancia de mi refugio caribeño. "Uno que me entiende" le dije. "Estás cansado, pues descansa" le volví hablar. Echó su cabeza hacia atrás y se puso a dormir. Nos acompañábamos.

Donde el mar iba y se recogía, caminaba la gente. A lo lejos vi venir una familia de puras mujeres, niñas y señoras. Una de ellas se acerco a mí. "Hola, qué le pasa este pájaro" me preguntó. "No sé, creo que está cansado" le respondí. "Permiso, no te voy a molestar" dijo. "Adelante" respondí.

Se hincó a medio metro del pájaro y me miro frotándose las manos, me dijo "este es una forma de sanar, se llama mahikari y es un arte, el mismo que practicaba Dios". Cusi era su nombre y practicaba el arte de la sanación con la energía del Universo. Lleva años y ha sanado a mucha gente. Enderezó la columna de su hija. Un milagro. Ni los quiroprácticos ni las operaciones. 

Hay que saber que somos parte de todo. Cuando el ánima y su energía deja nuestro cuerpo, esta vuelve al Universo que la ocupa para crear otra estrella, en germinar otra semilla, en evaporar el agua del mar para regar la tierra y alimentar los animales. Produce vida. 

Lo sabía pero Cusi lo dijo sin que yo le dijera "...yo soy todo el universo, ahora, acá, en esta forma. Soy un puente entre el universo y la tierra. Tomo la energía del universo que canalizo con mi mente y que proyecto con mis manos para entregársela al pájaro".

Estaba sorprendido. Dijo lo que yo pensaba. 30 minutos de sanación y el pájaro despertó. Estiró su cuello que irguió al cielo. Abrió sus ala de casi un metro y se sacudió. "Ya está" dijo Cusi. El pájaro se puso a caminar, cada vez más rápido, hasta que se decidió a volar. Corrió y lo hizo. Voló. Detrás de él, un sol naranja que se corta con el horizonte del mar. Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Cusi me mira y me dice "ahora te toca a ti ¿quieres?" Asentí con la cabeza, no podía hablar. Frotó sus manos, rezó una plegaria y estiró sus manos.  Sentía el calor que me entregaba. "Te vi de lejos. Vi tu aura. No sabía quién era, pero distinguí el color de tu aura. Eres muy bonito." me dijo. 20 minutos de sanación y yo lloraba en silencio. "Suelta todo" me dijo. 

"Ya ¿te sientes mejor? Que bonito todo esto. El pájaro fue nuestro puente, sino fuera por él, no te habría conocido Francisco. Fue un gusto. Estoy alegre" y me miraba con una sonrisa. Nos abrazamos y ella me hizo cariño en la cabeza. "Ya estás mejor hijo mío" tomó mi cara, me besó en la mejilla y me dejó unos soles, fruta y se fue.