Día frío. Feo. Uno bueno dentro de una semana mediocre. Falta el viernes. Llego a mi casa, saludo, cuchareo la hoya de arroz y me animo, me siento y parto. Siempre con un prólogo, como para quitarse la calle de encima. Un poco.
Espero no dejar de sorprenderme nunca. No perder la conciencia inimaginable del mundo interior de cada uno. O sea, del mundo. Y es que voy en la micro, vamos todos solos, en silencio. Mi mente frenética lo observa todo: ambiente, gente, parejas, vendedores. Soy una máquina-captura-imágenes.
Pienso y todos lo hacen cuando estamos solos, como en la micro. En qué pensará el resto. Yo sueño todo el día. Mil películas en solo un viaje. Me siento un universo entero, incontable, infinito, nada que ver con la egolatría. Me imagino este sentimiento único, en cada persona y siento la inmensidad de la existencia humana. En qué pensará el resto. Esto es una volada.
Me subí a la micro y había un vendedor de parches curitas. El tipo iba acompañado de una niña chica, de esas que en la vista se les nota que aún no interpreta la realidad. El tipo dio su mejor discurso. Fue sincero, o por lo menos su tono de voz. Se excusaba de vender parches curitas ¿cómo? Diciendo que su condicione de sidoso le cerraba las puertas del trabajo, y si bien el plan auge avalaba sus costos médico, no tenía qué comer. Le compré. Le compré una tira en cien pesos. El tipo se baja y la micro es un silencio, como si el tipo hubiese llegado a todos con su historia.
Qué es un momento, son segundos, minutos, horas, días, meses, años, cientos. No. Los momentos son tiempos consumidos por alguna temática: el carrete, la playa, la mina, la noche, tal lugar. Tiene principio, desenlaces y fin. Así se arma la vida.
Me bajo de la micro y el cuerpo de una mujer me distrae. Su caminar ligero, una mano suelta y el meneo de un buen culo.
Ayer. Hoy el ayer me hace pensar. Ayer me sentí distinto, igual que hoy. Bien. Estoy compuesto.
El taller es un lugar particular, único, no hay dos en el mundo. Si viera ese patio desde arriba, sobre un helicóptero, vería un desastre. De mesa, un carrete para cables de alumbrado público; un par de colchones tirados sobre la maleza verde y picante; y muchas bicicletas olvidadas, puesta una al lado de otra. La mía entre esas.
Por dentro, las paredes son cubiertas por los cuadros que los cabros pintan. Me gusta. Toda la casa: cocina, pasillos, living, baños.
Es de ayer y son las 10 de la noche. Jugamos el primer partido con el equipo, perdimos y nos fuimos a tomar unas chelas al taller.
Todo bien, pero estoy que me orino, salgo al patio a mear una muralla. Algo ebrio, no mal, para nada. Pero ya no estoy sobrio. Suelto el chorro y mancho la muralla y en frente veo una cara pintada con sprinte. Cuatro rayas para dos ojos, una nariz y la boca.
En mi descargue, me acompaña un maniquí femenino. Se apoya en la pared. Mira la pared. Se siente sola. Pero llegué yo acompañarla. La veo desnuda, descalza entre la hierba que pica, con su vagina pintada de rojo. Muy original.
El acto siguiente al de mear, merece un espacio, ya que fue una tontera masculina, colegial. Antes de irme, tuve que tocar su pezón de madera.
Entro al taller y están todos reunidos en torno a una mesa, de la misma calaña que la de afuera. Botellas de pisco, mil latas de cerveza-ceniceros y todo el boche que puedes dar un lugar así.
Tengo la sensación de que alguna gente me subestima. En el caso de ayer, el guatón-nico me encuentra pollo. Por qué. Porque siempre se ha rodeado de flalites. No peyorativo, pero el guatón es bueno para la coca y los pitos, tal dinámica lo ha condicionado a lo que es.
Ya veníamos calientes, y es que el partido que perdimos se había calentado mucho. Tanto así que no se podía jugar. Se detenía cada dos jugadas y las patadas, cabezazos, tacles (por Camilo), empujones, dormilones y focas que nos tirábamos durante todo el partido, nos hizo perder tiempo, concentración y el match.
Pobre árbitro. Qué difícil pega le toco a ese hombre: seis personas por lado y cada uno jodiendo a la marca. "Querí un escupo en el ojo pendejo culiao" le dije a uno, mi marca, lo buscaba para huevarlo.
"Hazme callar una vez más pendejo culiao y te juro que te voy a meter el pico en el culo y mañana no te vay a poder ni sentar concha tu madre" le dije después de que me hizo callar, y me miraba.
"Ven pa acá po weón, estoy ansioso por sacarte la chucha, pégame uno por fa pa reventarte de vuelta" le dije hasta que lo espanté.
Todo partió en la cancha. Yo juego en la banda derecha, en el mismo puesto que el guatón. Por lo tanto, cuando quiero entrar a jugar le pido el cambio. Este weón se cansa rápido, yo puedo jugar una hora sin parar. Rindo y así me lo hicieron notar mis compañeros. Termina el partido.
Estamos en el living tomando chela y el guatón se saca un pito y lo corre con la intención de que no me llegue. Me empieza basilar.
"Vo soy asufinis, no hay mano con vo, entero pao" él.
"Cállate guatón vo no cachai ni una wea" yo.
"Puros cuicos culiaos" él.
"En mi trabajo entrego weas bacanes a la gente y sé armar casas" yo.
"Una mierda" él.
Yo me agarro el paquete y le digo "toma guatón, pa que no te cansí en la cancha".
"Además te cagai por un pito" yo.
"Vo nunca te hay sacao una wea" él.
"Te voy a pegar culiao" él de nuevo.
"Pégame po weón" le dije, acercándome y apuntando a mi cara. "Sólo pa devolvértelo".
"Sabí cuál es tu problema, es que te tení un maní en la cabeza weón" yo de nuevo.
"Sabí qué weón, me voy, guatón cagao" le dije y me fui. Llegué hasta la puerta del taller y de un brazo me pescó la Antonia.
"Pancho tú hací cosas bacanes, nadie dice que lo que tú haces está mal" ella.
"Ese weón desvalora mi trabajo" yo.
"Cómo tanta mala onda, si son tus amigos" ella.
"Allí dentro nadie es mi amigo, el único weón que acá es mi amigo es Camilo" y lo apunté, me estaba esperando para irnos para la casa. Veía y escuchaba todo.
De la puerta sale el guatón, hace a un lado a la Antonia y me pega un empujón "vo no queríai pelear weón" me dice.
Me han pateado en el piso, me han pateado la cabeza. He puesto un combo en mi vida. He visto peleas entre 50 personas. Batallas a muerte.
Una vez fui a un carrete fuera de Santiago, con montini y la dani. Al fundo de un amigo del claudio, hermano grande de la dani. Entre el webeo de la noche, el dueño de casa, un chancho con poncho, rojo por el trabajo de mover su humanidad, sudaba como caballo por tanta coca que se había metido. Se acerca a mí, yo le pido fuego y el weón me pega un manotazo en la cara.
No sé si es racional, aunque así se ve, pero en este tipo de situaciones, o sea, después de que alguien te ofrece combos o directamente te pega uno, reacciono con total calma. Me quedo algo estupefacto, porque no lo entiendo, y me callo. Las personas que me han visto así, me felicitan. No tengo ese reflejo automático de recibir y dar la trompada sin pensarlo ni medio segundo. Hay gente que lo tiene como primer reflejo.
El guatón me da un empujón y yo lo quedo mirando, no le despego la vista. Mi cara de odio, de seriedad, de indignación me hace avanzar a donde está él, dispuesto a recibir el primer cacho en el hocico, sólo con la intención de tener una excusa para reventar mi puño en su cara.
De la casa, sale el Leo, Agusto, la pusilla a separarnos. Nos separan porque yo sedo. "Vámonos pa la casa panchito" me dice Camilo. No volteo. Me voy a mi casa.