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jueves, 18 de noviembre de 2010

Hoy canté, caminé y le pasie al perrE

Tiene siete años o los va cumplir. O sea, en vida de perro son 47 años y todavía lo tengo que sacar con cadena. Llegamos a la parte de atrás del parque y lo suelto. Camina 50 metros delante de mí, para, me mira. Sigo caminando, lento, fumando y en la otra mano se balancea la cadena.

Qué hago yo: Pienso. Pienso que si pienso mucho me voy a volver loco. Pienso cuando todo está quieto, pero en las nebulosas dejo de pensar

Camino y hablo en voz alta, con el tono sincero de la soledad de un paseo acompañado, mis palabras suenan más claras de lo que las escribo. Por qué. Porque me falta creer más sin pesar de lo que tengo; creer a fe ciega y vivir feliz con todo lo que me entrega la vida. Cuando quiera algo de ella, lo voy a tomar.

Le chiflo a Bayu. No me pesca, huele las bolsas. Ni me mira. Está del otro lado de la  calle y distingo sólo su cola color café como plumero. Es distraído y en cualquier momento cruza sin mirar. Viene un auto, él me está mirando. Va estar bien. Pasa el auto, me mira y cruza la calle desconfiado. Cómo va mirando pal lao.

Me imagino cuando soy viejo. Siento haber vivido toda una vida y me siento con el espíritu joven. Como si no reconociera el cuerpo que me encarna, desde los ojos hacia fuera y cada uno de los lugares de mi cuerpo.

El cuadro lo divido en 4 franjas simétricas y verticales. Así me veo, veo mi cara quemada por el sol de la vida, con barba, pelado, cubriendo la primera franja del lado izquierdo. Atrás, una casa de madera rodeada por árboles gigantes. Adentro, mi mujer y mis hijos e hijas. Yo rayo.

Pienso. Miro. Chiflo. Perro de mierda. Volvió a cruzar y ahora se quiere devolver. Me mira y va cruzar, pero viene un auto y Bayu no se ha dado cuenta. Cruza y el auto no para. Cuando puso sus dos patas en el cemento, escuchó el auto venir y se subió a la vereda. Luego cruzo. Aprendió. Lo han atropellado dos veces.

Saco el encendedor y prendo mi caño y pienso cómo estoy llevando  mis días, lo que se viene. Armarme pa la vida. Conocer. Vivir. Viajar. Pero antes, tener mi casa. Rayo.

Sé. Sé que me faltan vidas para leer y escribir como quiero.

Me gusta la crónica, rápida, clara, que va y viene en sus tiempos. La primera entrevista fue una cita a ciegas. Mal. Mirar sin moverme y sólo escuchar. Leer entre líneas y lo que me decía su cuerpo, su  cara, sus manos, su piel, los ojos. Y cuando me tocaba preguntar, era para escuchar lo que ya sabía. Fome.

En las finales, un reportaje sería todo junto. Un texto informativo, con una buena historia y un personaje como el de los perfiles, interesante por sí solo. Usar olores, colores, tactos, imágenes, gustos, sonidos, todo mezclado en una escena para dejar que la mente vea todo al leer el texto.

Voy a escribir con tinta y papel. Quiera o no será mi primer libro. Me aburrí de los esquemas dogmáticos, carceleros, encajonadores, nuevos, didacta. Los computadores no dejan equivocarme. Soy burro y me aburrí de esto.

Llamo a mi perro. Chiflo. Viene corriendo con la lengua de un metro. Le coloco su cadena. Caminamos y yo voy hablando en voz alta. Bayu me mira de reojo preguntándose y qué le pasa a éste. Y me quita la vista.

Lo primero que empecé a escribir fueron cartas de amor. 14 años. Contratos con firma de papá y mamá para que me dieran plata. 10 años. Dibujos y cartas que ahora veo y no las reconosco.

Pienso que tengo que escribir una crítica del "El rucio de los cuchillos". Tengo que escribir. Pienso en que te extraño. Te extraño. Pienso en el año y en su fin y su vuelta a uno nuevo. Como veo, pienso. Pero lo que me quita de mi  estado, es tan simple como el tirón de la cadena empujada por un perro que se tiró de hocico a la bosta de algún perro. Con la misma fuerza, lo levanto y lo tiro para que sigamos caminando. Olor a mierda.

Qué inútil fui. Se le murió su perro. Hoy. Supe a la vuelta de pasear a mío. Quedé como un tonto. 

Mejor sigo leyendo tu libro. Imagino que estoy en otro lugar.

La nebulosa se detiene y vuelve a estar claro y despejado el tiempo.