Quizás como "autopista del sur" de Cortázar. Pero sin ningún movimiento.
La dejaré escrita porque sé que sucederá y
este medio en el futuro no sirvirá de nada.
24 de mayo de 2010.
Estamos en un momento de nuestra civilización en donde todos, sin importar quién, estamos "conectados". La digitalización era parte de nuestra vida diaria. No se cuestiona. Contamos con un aparato que nos permite conversar, vernos, reír, llorar, declararnos, hacer todo sin estar ahí. Hoy puedo comprar sin salir de mi casa, conversar con mis padres a miles de kilómetros de distancia, no moverme y saber todo lo que ocurre en la tierra.
Con mi celular (nótese: célula), sé donde estoy, el número de mis chorro-cientos contactos, direcciones, mapas, música, proyectos, polola, etcétera. "mi vida" está perfectamente ordenada.
¿Qué ocurrió?
Primero, Internet cayó. De dónde, no lo sé, pero cayó a nivel mundial. El comercio del mundo cerró, los bancos dueños de los capitales y dominadores del mundo, sin duda, y de cada país, cerraron. Dejaron a miles de millones sin dinero, que ya no valía nada aunque tuviera miles en mis manos.
Los pedidos de las grandes cadenas de supermercados no llegaron más. El desabastecimiento fue inmediato. Los gobiernos trataron de ordenar el sistema, pero cuando se derramó la primera gota de sangre por un pedazo de pan, se desató un efecto en cadena. Había que cuidar lo propio.
Las personas no sabían qué hacer. Ir a trabajar o cuidar su pedazo de tierra. Las compañías de electricidad dejaron de funcionar. Al igual que las de agua. No había gente disponible para un trabajo, que ya no servía de nada si era pagado con dinero.
Dejamos de preocuparnos por nuestra banalidad. El pasto en las calles empezó a crecer, los árboles se tomaron lo que les habían quitado por cientos de años, su natural frondosidad. Los autos, el hummer de mi vecino, estaban tirados en la calle. Servían más como vivienda que como movilización. Las casas se volvieron cuevas, frías en invierno e infestadas de bichos en verano. Si algo en ellas se rompía, un vidrio, no había cómo repararlo.
La familia se volvió lo primero, como siempre tuvo que haber sido. Unidas. Ahora salen en búsqueda de madera, para calentar el frío de la noche. La población ha subido a la cordillera donde corre el agua pura, como siempre ha corrido.
Hemos retrocedido miles de años.
Yo me he puesto a cultivar. Tengo mi chacra y mi huerta. Las cuido porque en ella veo el futuro de mi hijo, a quien le enseño a leer, a tocar música y diseñar pinturas con los colores que me da la tierra.
Puedo sonar loco, pero me gusta esta vida. Puedo caminar tranquilo por las enarboladas calles de mi ciudad. Santiago nunca había estado tan limpio. Hay veces que tomo mi bicicleta y salgo a recorrer. Dibujo en el papel los lugares que me sorprenden, más que antes. Luego llego a casa y pego los retratos en la pared.
En la noche, ponemos una frazada en el pasto crecido de mi jardín, abrazo a mi mujer e hijo y empezamos a contar las estrellas, porque antes no teníamos en tiempo.
24 de mayo de 2010.
Estamos en un momento de nuestra civilización en donde todos, sin importar quién, estamos "conectados". La digitalización era parte de nuestra vida diaria. No se cuestiona. Contamos con un aparato que nos permite conversar, vernos, reír, llorar, declararnos, hacer todo sin estar ahí. Hoy puedo comprar sin salir de mi casa, conversar con mis padres a miles de kilómetros de distancia, no moverme y saber todo lo que ocurre en la tierra.
Con mi celular (nótese: célula), sé donde estoy, el número de mis chorro-cientos contactos, direcciones, mapas, música, proyectos, polola, etcétera. "mi vida" está perfectamente ordenada.
¿Qué ocurrió?
Primero, Internet cayó. De dónde, no lo sé, pero cayó a nivel mundial. El comercio del mundo cerró, los bancos dueños de los capitales y dominadores del mundo, sin duda, y de cada país, cerraron. Dejaron a miles de millones sin dinero, que ya no valía nada aunque tuviera miles en mis manos.
Los pedidos de las grandes cadenas de supermercados no llegaron más. El desabastecimiento fue inmediato. Los gobiernos trataron de ordenar el sistema, pero cuando se derramó la primera gota de sangre por un pedazo de pan, se desató un efecto en cadena. Había que cuidar lo propio.
Las personas no sabían qué hacer. Ir a trabajar o cuidar su pedazo de tierra. Las compañías de electricidad dejaron de funcionar. Al igual que las de agua. No había gente disponible para un trabajo, que ya no servía de nada si era pagado con dinero.
Dejamos de preocuparnos por nuestra banalidad. El pasto en las calles empezó a crecer, los árboles se tomaron lo que les habían quitado por cientos de años, su natural frondosidad. Los autos, el hummer de mi vecino, estaban tirados en la calle. Servían más como vivienda que como movilización. Las casas se volvieron cuevas, frías en invierno e infestadas de bichos en verano. Si algo en ellas se rompía, un vidrio, no había cómo repararlo.
La familia se volvió lo primero, como siempre tuvo que haber sido. Unidas. Ahora salen en búsqueda de madera, para calentar el frío de la noche. La población ha subido a la cordillera donde corre el agua pura, como siempre ha corrido.
Hemos retrocedido miles de años.
Yo me he puesto a cultivar. Tengo mi chacra y mi huerta. Las cuido porque en ella veo el futuro de mi hijo, a quien le enseño a leer, a tocar música y diseñar pinturas con los colores que me da la tierra.
Puedo sonar loco, pero me gusta esta vida. Puedo caminar tranquilo por las enarboladas calles de mi ciudad. Santiago nunca había estado tan limpio. Hay veces que tomo mi bicicleta y salgo a recorrer. Dibujo en el papel los lugares que me sorprenden, más que antes. Luego llego a casa y pego los retratos en la pared.
En la noche, ponemos una frazada en el pasto crecido de mi jardín, abrazo a mi mujer e hijo y empezamos a contar las estrellas, porque antes no teníamos en tiempo.
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