martes, 10 de agosto de 2010

Algo así

La pereza está desparramada sobre el escritorio. Inquieta en su propio espacio, solo tranza dentro del ocio.

A las ganas por fin las desataron, dejando rojas las muñecas de sus manos, que apenas se soltaron, empezaron a frotar sus palmas buscando qué hacer ahora.

El odio lo mató la experiencia, tal como al malo de película gringa. Desapareció después de su brillante protagonismo. Esta vez no volverá. Un fina feliz.

La tranquilidad no se quedó tranquila, la inquietud le da vida.

La templanza posa sus pies sobre una tabla, que a su vez está sobre una pelota. Mantiene el equilibrio hasta lograr la quietud.

Las pequeñas mentiras no hablan, se mantienen silenciosas para no ser escuchadas. Por ellas, ni que las miren. Son como tortuga escondiéndose.

La verdad siempre se impone. Tan claro como que la tierra gira para que "salga el sol". "¿De dónde salgo por favor?" se debe preguntar el sol.

La cordura sigue en su línea, como un ebrio en pleno alcohotest, hablando huevadas, dando el jugo que le da la vida: las risas.

La amistad no quiere saber nada más del compromiso. Pelearon. Ella le dijo a él que lo que los unió antes ahora los separa y que es mejor vivir sólo los momentos. Y en eso quedaron.

El amor se fue en un viaje solitario. Tomó sus cosas, dijo adiós y se fue a recorrer lo que no conoce. Se aburrió del intento, su amigo incondicional que lo engatusó cuántas veces. El amor vuelve, pero no para probar, sino para oler y saber si debe o no probar. Un paso antes.

La felicidad lucha. Es un fans incrustándose entre la gente de un concierto, sólo para llegar adelante y saltar y ver a su ídolo (o sea, yo)

La responsabilidad sigue inmadura, colgada de su rama sin ojas, cansada de esperar para ser comida.

Y el tiempo, qué tiempo. Pasa y se ríe de todos a la vez. Mientras su colega, la vida, le dice que se calle, que no alardee.

Las ideas se ven inquietas. Están todas juntas, paradas una al lado de la otra. Se toman las manos, sudan. Sus ojos grandes y bien abiertos esperan. Se susurran algo. Callan, miran y se vuelven susurrar.

El dinero es una rata que come lo que pilla en el suelo.

Las verduras y frutas se volvieron locas, se pudren, se niegan a cumplir su papel. Simples frutos no son.

Los árboles me hablan al pasar. Se mueven y chocan sus ramas en mi cara. Lo hacen apropósito. Les molesta el olor a mi tabaco y que el perro les mee los pies. No es mi culpa.

El frío ya no da tregua. Deberían ser todos como él. Cuado es su momento, su tiempo, da lo mejor de sí y aunque le da lástima, tiene que llevarse un par de vidas para dejar su nombre en alto.

El calor es tímido. Sol de invierno, pero es paciente, sabe que se va desquitar. Sabe que la venganza se sirve en platos fríos. Qué loco.

El alcohol y el cigarro están podridos. Son como la hiera mala o la carne de perro, nunca mueren a pesar de todo. Me tienen podrido.


La palabra manipula a la acción, que después de decir algo se gira para buscar la aprobación de su dueña. ¿Lo hice bien? Le pregunta.

Palabra: pesas tanto que no eres de fiar (discúlpame) porque eres un arma de doble filo. Traicionas a quien te concreta en la vida.

El presente es el pasado a cada segundo, que al fin y al cabo es un constante futuro. Son los tres monos que no escuchan, hablan ni ven. Están.

La música es... la música es mi confidente, me escucha y yo a ella. Es la patas negras de la soledad, amiga de la que me aburrí de conocer muy bien. Por lo menos la entiendo, pero ya no la escucho. Para eso tengo la música.

Finalmente la muerte, inédita para los vivos, recurrente para los ojos y las noticias. No avisas hasta que eres predecible y te muestras años, meses o días antes. Después vuelves a ser impredecible, tu condición.



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