Marco conoció ayer a Fabiana y al otro día la invitó a su casa. Para vivir en edificio el techo era alto, tres metros por lo menos. Piso de madera. Todo decorado con los colores blancos, negros, grises, rojos y cafés iluminados por los ventanales que cerraban el balcón.
Marco apoyaba su brazo a lo largo del sillón de cuero, mientras Fabiana se distraía buscando el posillo con maní. Después de comer, Marco se llevó una mano a la boca, algo le molesta. Hurgueteó. Con sus dedos se tocó un diente que sacó con un suave meneo. Entre los dedos lo ve. Frente a su cara sostiene uno de sus dientes desgastado, entre color crema y gris.
Antes de que Fabiana dejara de comer y volviera la vista, Marco se paró, tapándose la boca. Miró la palma de su mano pintada color sangre. De a uno, se le cayeron todos los de más. Dio media vuelta y caminó por el pasillo hasta el fondo. Marco miró a su madre y llorando le preguntó "quiero saber qué me pasa".
En la televisión daban un reclame de agua vendita embotellada, un cura actuaba la promo. La botella era transparente y no lleva etiqueta. Cuando Marco entró a la pieza, su padre despegó la vista de la tv y lo miró, tomó el teléfono e hizo unas llamadas.
Iban en el auto, su padre manejaba y él de copiloto. Su mano derecha afirmaba su muñera izquierda, mano que sostenía todos sus dientes. Llegaron a un "centro asistencial". Era más un colegio de un piso, de blanco y con pequeños patios intercalados entres casa y casa.
Su pelo corto, negro, dejan ver la expresión de sus sejas inmóviles en una posición chata. Que bajan para buscar repuesta y luego ceden subiendo preguntando por qué. Se le perdieron los ojos café. Es como soñar despierto, quieto, por un pequeño viaje de la imaginación y despertar. ¿Ah? ¿Qué decías? Entrando como cualquiera que sale de su cabeza al resto.
Una mujer le tomó la cara con ambas manos. Es un rostro que conoce: pelo largo y negro, ojos grandes y verdes y una boca dibujada a mano. Qué ganas de morder. Al mismo tiempo, él la tomó de la cara y la besó. Antes nunca lo había hecho.
"Marco escúchame" miraron los ojos que ardían. "Todo lo que escribiste algunas vez nunca sucedió. Tú nunca lo escribiste. Cuando lo hacías era yo, y cuando yo lo hacía, en verdad siempre fuiste tú" le dijo esto y se fue.
Las cejas de Marco dejaron de buscar. Se apaciguaron. Quedaron como cuando duermen, quietas, naturales. Esa pasó a ser su expresión diaria. Todo un autista.
En el lugar, la gente lo perseguía: las enfermeras se detenían en medio del patio, perdían unos segundos en verlo y seguían a lo que iban. Los enfermos se escondían detrás de los árboles para observarlo. Hasta algunas visitas lo contemplaban, quieto, para un premio gines.
Marco miró sus manos posadas sobre el delantal. Limpias. Ya no cargaba sus dientes. ¿Recién? Su lengua no se acercó al frontis de su dentadura, no quería averiguar si aún seguían todos ahí. Quizás no. Tiene miedo de encontrarlos y caer en el hoyo, no saber qué es real y que no. Ya no sabe distinguir. Piensa que toda la vida es un sueño, ideas, trabajo, amor, todo
Se lo llevaron del lugar a casa de un amigo. Vivía en bloques de cuatro pisos, en la falda de un cerro. Marco sostenía una maleta, parado sobre el caminito de cemento que lo llevaría a su "nueva" casa. Junto a él, una mujer apuntaba con su mano el edificio y la otra se apoyada en la espalda de Marco. Ella lo miraba hablándole, pero él sólo veía la boca moverse.
Descalzo, con un pantalón de pijama celeste y una polera blanca manga larga, Marco está parado en la entrada de la casa. Ve una cama matrimonial en el living. En frente, una pantalla de tele gigante y uno de los dos controles de playstation sujetado por un gordo, pelado, pero con un choco-panda que lleva años creciendo. El tipo está enajenado con el juego, como un niño pero con 35 años.
De partida, este huevón nunca fue mi amigo. Lo vi un par de veces, amigo de amigos, nunca enganchamos en la buena onda. Era un huevón muy enrollao. Quién iba a pensarlo, de todos, sólo apañó éste. Rayos.
Es difícil entender mi condición. De hecho, no pueden. Yo sí puedo. Me iluminé. Me siento pleno. Paz. De alguna forma, única, por ser persona, todo de una vez calzó en su punto, como en la comiza al dente. Cuando las cosas dejaron de funcionar, hasta el tiempo, cayó todo en forma de un espiral que crecía en la parte más alta, de donde yo miraba y veía un círculo. ¿Qué quieres saber?
Luego, de a poco, hasta incrementar su velocidad a lo normal, la máquina funcionó. Yo me quedé en el segundo anterior, donde el mundo, mi mundo se detuvo para luego verlo partir como un tren. Ahí me quedé, parado.
Algo perdí. Una de las tiras que me amarraba a la vida se cortó. Estoy detrás de una ventana y no quiero vincularme con lo que está de otro lado. Se me dieron dos opciones. Es como tener dos conversaciones y girarte para escuchar solo una.
Yo no podría vivir así, con basura en el piso. BASURA. Esa cama tiene sólo un juego de frazadas. Apostaría a que no la han hecho, a lo menos, desde a se un año. No fuma cigarrillo o este lugar sería un cenicero, de seguro.
Así funciona mi cabeza ahora. S é lo que le sucede a la gente por us expresiones y el tono de su voz. Veo todo y sé perfectamente qué sucede a mi alrededor. Si no lo escucho. Huelo y sé qué cocinan, qué aliños ocupan y cuánto de cada uno. Pero los sabores y olores ya no me llaman, perdieron su valor, como todo. No encuentro razón una para volver. Siento mil estímulos pero no logro ver cuál es su vínculo entre ellos y yo.
Una señora estaba sentada en el banquito de entrada de la casa. Miraba la espalda de Marco, esperando que se girara para verla. Ella lo vino a ver a él y llevaba un buen rato esperando. A mí ya se me había olvidado que estaba.
Se aburrió de esperar y la señor se paró en frente de él, posó su mano en la frente de Marco, cerró sus ojos he inclino su cabeza unos pocos grados hacia atrás. Su boca quedo semi abierta. Un par de segundos después, dejó de tocarlo, bajó su cabeza y antes de irse le dijo al oído, suave, sin sonido "tú no eres así y lo sabes". Dejó la puerta abierta.
Hace años que Marco no mostraba un impulso. No lo pensó. Salió de la casa, se paró en la entrada y miró el patio desde el segundo piso. Una ladera algo empinada y cubierta de pasto se había convertido en un campamento de gente que estaba dispersa por el lugar.
En la puerta de entrada, pero esta vez de afuera, la gente se acercó a Marco. La mayoría cargaba un libro. Después de un instante de contacto visual, empezaron a levantarlos por sobre sus cabezas, chiflando, gritando, otros aplaudiendo.
Al gordito le dio frío, la corriente perturbó su estado. Salió a la puerta de entrada y de los hombros guió a su amigo para dentro, dejándolo en le mismo lugar de la mañana. El gordito apagó la play y prendió la tele. Lo vi de nuevo y ahora me parecía más extraño. ¿Qué y por qué tanto alardeo?
Es involuntario, lo juro, pero mi cuerpo se está moviendo por segunda vez en un día. Algo pasa. Me acerqué a la tele y el gordito que se acomodaba entre la pared y las almohadas me quedó mirando "ok, amigo, muy bien, eso ya es algo" me dijo pero ni lo miré.
Estaba pegado a la tele. Veía un micrófono fijo en plena calle, un fondo azul. La gente paraba y daba las gracias. Muchos sostenían el mismo libro que la gente del patio. Qué tiene. Son muchas las caras en la tv. Unos tratan de decir algo, les vibra la pera, bajan la vista, levantan el libro ante cámara y luego pasan a otra persona por una edición dinámica, televisiva.
Lo que viene no lo entendí. El gordito se despojó de su templo de comodidad, para pararse junto a mi lado. Puso una mano en mi hombro, por primera vez lo miré y sonreía con esa mueca de labios sellados. Con un par de palmaditas en la espalda me dijo "debe ser difícil para ti entender todo esto, pero por muchos, gracias" y cambió de canal.
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