martes, 8 de marzo de 2011

Me fui de viaje sin maletas


La ruta me enseñó a caminar con el espíritu ligero. Si pido, no hay engaño. Si acepto, no mostraba el ansia ni el hambre. La ruta dijo que levante la vista, pero mientras la tenga pegada al piso, que me fije, que uno siempre se encuentra algo. Una máscara de gas, miles de zapatos sueltos, vidrios y pedazos de neumáticos esparcidos por el desierto, entre otras cosas. Entonces: horizonte. Bajo ese Sol, durante días y racionando mi agua, horas y sueño, supe que siempre llega el aventón no esperado.

La calle me enseñó a moverme. A ir atento viendo todo y callado. Dos orejas y una boca: para escuchar el doble de lo que hablo. Me enseñó que no soy un turista, sino un viajero, y  que todo pasa por algo. Que cuando ocurra, piense y sea fiel al primer sentimiento, y a guiar (me). Despertaré una mañana y compartiré mis pieles. También la ropa que fui regalando en el camino, hasta quedar desnudo y verme de espalda caminado hacia el mar.

Los gitanos me han dicho que debo ser una copa y abrir los brazos al cielo para recibir todo el conocimiento. Dijeron que caminara todo el planeta por mi calidad de humano. Hablaron de halcones y semillas, de serpientes y espejos, de monos y manos galácticas que me conectan con el Universo. Que debo mi compañía a ellos. "Sabes de lo que hablo" dijo Shela, sujetando mi mano dura que descansaba entre sus arrugas. Una falda a flores, no dejó ver sus pies. Pulseras, aros y un turbante rojo componían sus ojos azules profundos por las muchas vidas.

Los artesanos admiraban mis amuletos. Un par de palabras era lo único que nos reconocía en ese momento. También un tabaco bien enrolado. Me regalaron un macramé para el tobillo, "para que se fije bien su paso" dijo Tela. Yo les regalé algunos bailes y caras de loco, que después de unas carcajadas, sacaron los suspiros. Les regalé lo que sabía y conversamos horas y días. Sentados en la arena, mojados por el mar, que mados por el Sol, nos contamos qué habíamos descubierto de todo esto. Coincidíamos. En cambio, otros, tiraban un mantel rojo sobre la mesa y sacaban todos los instrumentos: hilo, tijeras, alambre, rocas, lija, fuego y el tabaco sobre la mesa, para comenzar una maratón nocturna, en silencio y de puro arte. Me enseñaron, todos, a desayunar fruta y agua.

Malabaristas. Ellos son los reyes de la calle. Pocos se ven de día, todos salen de noche. Son de todas partes del mundo. Fuego, espadas, monociclos gigantes, bolas de cristal y miles y cientos de pelotas y clavas cubren el cielo. Las palomitas encendidas bailaban en círculos sobre la cabeza de una mujer camaleón, que mueve su cadera con una mirada insinuante. El francés con su sombrero rojo y blanco, habla borracho entre los dientes y tres clavas ahumadas. No sonríe. Desconfía porque cuida su diente de oro. Pero la mayoría de ellos son de carcajadas espontáneas y escandalosas. No hablan, sólo te pasan el trago. Dreads y pieles quemadas me enseñaron a caminar descalzo.

Los hippies me regalaron un short y una ramera para la noche. También su último tabaco. Nos entregamos música, coqueteos intencionales. Nos y regalamos flores y sonrisas,  bailes y el contacto de las manos sobre los cuerpos entregados por amor. Abrazos. Besos. Cenas inolvidables al color de la noche y al calor de las ollas negras sobre la fogata. Qué olor. Copas y caños siempre rodando día y noche. Todos bajo la sombra, nos contamos historias, más de un chiste. Y en verdad, entregamos lo mejor que tenemos, nuestra energía de río bajando hacia el mar para crear espacios nuevos en la tierra. No existen los pero a la hora de entregar. De ellos aprendí a enseñar, mientras todos nos vamos enseñando.

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