He llorado muchas veces, más de las que puedo contar. De chico es mi medio.
He llorado de emoción, de pena viendo cartas.
He llorado solo y acompañado, sobrio y ebrio(o sí).
He llorado solo en mi cama (quién no).
He llorado por amor, por pena, por asombro, injusticia, viendo tele, una obra de teatro o una peli.
He visto a mi viejo llorar.
He llorado en familia, con mi vieja, con mi viejo y pocas veces con mis hermanos.
He llorado por mis errores, por mis logros, por mis amigos y por lo que ya no lo son y por los que volvieron a ser. Por los que siempre han sido.
He llorado viendo el mar, por el asombro que me produce la belleza que me entrega la tierra.
He llorado después de pelear.
He visto como la gente llorar y me han dado ganas de llorar.
Una vez peleé con Matías. Yo era chico, 8 o 10 años.
Matías estaba hincado sobre mí, tal cual. Sus rodillas se apoyaban en mis brazos y me inmovilizaba. Su culo lo sentaba en mi pecho. Yo le gritaba "déjame" y él se reía cada vez que yo me enfurecía poniéndome rojo y gritándole.
Como hermano chico, estaba cagado, sujeto a la inmadurez, la entretención de los ratos de ocio que podía encontrar Matías para weviarme.
Así estábamos, tirados en el piso. No me dejaba salir y yo luchaba con todas mis fuerzas. Trataba de zafarme, pero la fuerza de un hermano mayor siempre es superior.
El weón jugaba a sentarse sobre mí y a soltar un escupo que se estiraba en un hilo ínfimo, que colgaba justo sobre mi cara y que aspiraba antes de cortarse. El clásico superman que uno podía hacer con una baba después de comer algún caramelo.
En un momento de distracción, logré zafar uno de mis brazos, rojo, con los ojos a punto de explotar. Para mí, la oportunidad de ganar una batalla, una de muchas.
Empecé a tirarle manotazos con mi brazo libre y el weón se ría, pero al mismo tiempo trataba de controlar la situación de nuevo y seguir con su balancín de baba sobre mi.
Entre manotazos y manotazos, Matías me pegó un combo en plena jeta. La boca se me hinchó al toque. Como era de esperar, junté mis fuerzas para llorar y lograr que mi aullido llegara a los oídos de mis viejos. Pero antes de hacerlo, sentí que algo navegaba dentro de mi boca. El weón me había votado un diente de un solo mantazo.
Le dije "espera, espera, en verdad" tratando de sacarnos del contexto lucha injusta de hermano grande vs hermano chico, y con mi lengua empujé el diente hasta que salió de entre mis labios.
Soltó una de mis manos, pude tomar el diente. A penas lo vi, junté el doble de mis energías, pero las lágrimas habían empezaron acorrer solas. Un torrente pero sin sonido, sin el grito que catapultaría a Matías al coscorrón de su vida, propinado por el peso de la mano de mi padre, un hombre en su minuto, sin paciencias.
Al recobrar el aire y dispuesto a delatarlo con el relámpago que iba a soltar, me dice "no no shuuu shuuuu no grites, quédate callado, te regalo lo que quieras, te compro chocolates, soy tu suche pero no le digas a los papás por fa".
Rojo como un tomate, con las lágrimas secas en la mejilla, como con un dispositivo automático que abre y cierra el agua de mis ojos, y una sonrisa le dije "ya".
Con un diente menos, había ganado una batalla por redención.
El conejito me trajo una luca por el diente. Triunfo doble.