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jueves, 7 de octubre de 2010

Casa Blanca

Repetí segundo Básico. Me "hicieron repetir" en el Luis Campino, pero me cambié a otro colegio: Casa Blanca. Recuerdo estar en prueba de inglés, todos metidos en el control, concentrados, en silencio, y yo mirando todo, distraído, mirando para el lado, viendo qué hacía el otro. En la prueba, había dos columnas: una con palabras en inglés y otra con palabras en español. Había que juntar con una línea las dos palabras con el mismo significado. Como no sabía nada, me puse a copiar. Miraba de donde salían las líneas y veía a donde terminaban y así. Mis notas era: 1, 1, 1, 7, 1, 7, 7, 1, 7. Mis profesores notaron la extrañeza y un día, en una prueba, mi profesora me sacó adelante y tuve que hacer la prueba de rodillas, apoyando la prueba en una silla, frente a todo el curso. Me saqué un 1. 

De ahí, los tres hermanos, nos fuimos al colegio Casa Blanca. Era una casa pintada de color blanco y sus piezas eran las salas de clases. El colegio era de bajos recursos y barato, algo que en el mal tiempo que pasaron mis padres (económicamente) calzaba bien para continuar nuestra educación. El perfil: colegio para niños con déficit atencional, disléxicos, niños violentos y algunos con riego social. También había un niño en silla de ruedas con algún retraso mental. El colegio llegaba hasta 8 básico y mi hermano más grande iba ahí, le decían guagua por lo grande.

Vi de todo: peleas a combos y patadas en todo el hocico, guerra de piedras, cumplir apuestas como meter la  cabeza al waters por un ca-chi-pun y tirar la cadena. Vi a una persona llegar al colegio con los ojos morados, nariz rota y un par de puntos en la cara,  caminando por el medio del patio, con lentes. Tiempos de los piños y  el hip hop, rayar las calles y correr, sólo que a Maloni (su tag) lo pillaron y le sacaron las cresta en la calle. Una vez un loco desmayó a una mina con esa técnica de apretar una parte de la clavícula y la vi  caer al suelo, mientras otro grupo de locos se reían. Pero lo más impactante, fue ver como a un tal Donato, lo metía en una sala y le tiraban sillas en la cabeza, y todo porque le agarró el culo a la hermana de Murphy.

Una vez salí de clase y fue al baño, los grades le decían “el pantano”, y de hecho, en la fuente donde uno mea parado, estaba dibujado un pantano, con un cocodrilo que mostraba los ojos y la cola. Uno se entretenía mirando los dibujos mientras meaba. Cuando entro al baño, están dos compañeros de mi hermano grande y me saludan "buena guagua chico". Uno de los dos se llevó un pito a la boca. Yo sin saber de qué era ese olor, entré a hacer pipí. Miro la pared y hay una fila de personitas dibujadas a palitos, uno tras otro con el pico parado que se representaba por una pequeña raya. En el medio del trencito, uno que no tiene pico, sobre él una flecha y sobre la fecha el nombre o apodo escrito "el petaca", amigo de la familia que vemos hasta el día de hoy.

En mi curso estaba Javier Donoso, un chico problema, enojón, ritalín, violento. Tanto así, que un día le enterró un lápiz en la frente a un compañero. El lápiz le quedó colgando de la frente. Otro día, el mismo niño, le pegó una patada en la guata a la profesora Rosario, que tomó un curso más chico para soportar el estrés de estar embarazada. De hecho, el primer día de clase Siegfried, un volao, le estaba pegando a un compañero, a Javier, y salí en su defensa. El loco me pegó un par de patadas en la raja, hasta que llegó Rodrigo, un compañero de curso que debería ir en 4to y no e 2do, que le pegó un par de charchasos y así nos dejó tranquilos a todos. Toda una selva de bullying.

lunes, 30 de agosto de 2010

Llorar


He llorado muchas veces, más de las que puedo contar. De chico es mi medio. 
He llorado de emoción, de pena viendo cartas.
He llorado solo y acompañado, sobrio y ebrio(o sí). 
He llorado solo en mi cama (quién no).
He llorado por amor, por pena, por asombro, injusticia, viendo tele, una obra de teatro o una peli.
He visto a mi viejo llorar.
He llorado en familia, con mi vieja, con mi viejo y pocas veces con mis hermanos.
He llorado por mis errores, por mis logros, por mis amigos y por lo que ya no lo son y por los que volvieron a ser. Por los que siempre han sido. 
He llorado viendo el mar, por el asombro que me produce la  belleza que me entrega la tierra.
He llorado después de pelear.
He visto como la gente llorar y me han dado ganas de llorar.
Una vez peleé con Matías. Yo era chico, 8 o 10 años.

Matías estaba hincado sobre mí, tal cual. Sus rodillas se apoyaban en mis brazos y me inmovilizaba. Su culo lo sentaba en mi pecho. Yo le gritaba "déjame" y él se reía cada vez que yo me enfurecía poniéndome rojo y gritándole. 

Como hermano chico, estaba cagado, sujeto a la inmadurez, la entretención de los ratos de ocio que podía encontrar Matías para weviarme.

Así estábamos, tirados en el piso. No me dejaba salir y yo luchaba con todas mis fuerzas. Trataba de zafarme, pero la fuerza de un hermano mayor siempre es superior. 

El weón jugaba a sentarse sobre mí y a soltar un escupo que se estiraba en un hilo ínfimo, que colgaba justo sobre mi cara y que aspiraba antes de cortarse. El clásico superman que uno podía hacer con una baba después de comer algún caramelo.

En un momento de distracción, logré zafar uno de mis brazos, rojo, con los ojos a punto de explotar. Para mí, la oportunidad de ganar una batalla, una de muchas.

Empecé a tirarle manotazos con mi brazo libre y el weón se ría, pero al mismo tiempo trataba de controlar la situación de nuevo y seguir con su balancín de baba sobre mi.

Entre manotazos y manotazos, Matías me pegó un combo en plena jeta. La boca se me hinchó al toque. Como era de esperar, junté mis fuerzas para llorar y lograr que mi aullido llegara a los oídos de mis viejos. Pero antes de hacerlo, sentí que algo navegaba dentro de mi boca. El weón me había votado un diente de un solo mantazo. 

Le dije "espera, espera, en verdad" tratando de sacarnos del contexto lucha injusta de hermano grande vs hermano chico, y con mi lengua empujé el diente hasta que salió de entre mis labios.
Soltó una de mis manos, pude tomar el diente. A penas lo vi, junté el doble de mis energías, pero las lágrimas habían empezaron acorrer solas. Un torrente pero sin sonido, sin el grito que catapultaría a Matías al coscorrón de su vida, propinado por el peso de la mano de mi padre, un hombre en su minuto, sin paciencias.

Al recobrar el aire y  dispuesto a delatarlo con el relámpago que iba a soltar, me dice "no no shuuu shuuuu no grites, quédate callado, te regalo lo que quieras, te compro chocolates, soy tu suche pero no le digas a los papás por fa".

Rojo como un tomate, con las lágrimas secas en la mejilla, como con un dispositivo automático que abre y cierra el agua de mis ojos, y una sonrisa le dije "ya". 

Con un diente menos, había ganado una batalla por redención. 

El conejito me trajo una luca por el diente. Triunfo doble.