Cuando era chico torturaba a mi gato. Se llamaba Telmo y su historia parte en la calle El Pillán en Las Condes. Una tarde noche, con mi hermano estábamos pelusiando el par de callejeros antes de ir a bañarse, comer y meterse al sobre, y escuchamos un miu que no sabíamos de dónde venía.
Mi hermano pilló a un gatito chico, desnutrido, perdido. Ya en la casa, yo estaba acostado en el piso con la cabeza apoyada sobre un brazo, viendo al gato conocer el lugar. Hasta que se acercó a mí y me pegó un rascuño en el ojo. Desde ese día, supe que nos llevaríamos mal.
Queríamos ponerle William Wallace pero no se le veían los coquitos y le pusimos Telma, "tratando" de copiarle el nombre a la gata amiga de Garfield, que se llamaba Mermal. Todos totalmente perdidos, después de un tiempo le salieron los cocos y no quedó más que llamarlo Telmo.
La cosa es que cuando el gato creció, lo colgaba del segundo piso, lo tiraba a los perros que pasaban por fuera de la casa. Una vez lo tiré a la piscina de plástico. Lo arrinconaba en la pieza de la nana y le pegaba almohadazos. Pero lo que más me entretenía, era sacarle los bigotes y metérselos en la nariz para verlo estornudar.
Después de un tiempo prolongado de tortura, o sea, de webiarlo una vez al día, Telmo se cagaba solito al verme. De grande, supe que los bigotes del gato miden lo mismo que la cadera, y que los ocupan para medir los espacios: si pasa la cabeza del gato, también la cadera.
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