Tuve un pez naranjo. No me acuerdo del nombre. Creo que se llamaba PEZ. La cosa es que le gustaba saltar en su pecera. Quizás era como un acto de libertad para él. Quizás todas las noches planeaba un escapa perfecto y liberarse de la cárcel de cristal. O lo que es peor, se quería suicidar, ahogarse. "Adiós mundo, la vida en el agua con cloro no es vida, yo quiero vivir en el mar". Quién sabe lo que pensaba, sólo el pez.
Yo sabía que le gustaba saltar porque lo escuchaba cuando venía de vuelta al tacho. ¡Cluc! y caía perfecto. Más de una vez me despertó. Una mañana me levanté a darle comida, pero el pez... ¡No estaba! Radié la pecera con la vista, como si no fuera más claro.
Miré debajo del mueble y he ahí posado, muerto el finado, tirado el cadáver, un cadáver de pez. Por lo menos no murió pescado, sino bajo su voluntad, haciendo lo que le gustaba: saltar. Todo su esfuerzo, noches y noches de práctica no fueron suficientes. Mi amigo Pez saltó pero no cayó su último clavado.
Tuvo un funeral como todo pez. "¡OH! Pez que ahora te encuentras en un mejor lugar, quizás allá abajo en un arrecife, junto a tus amigos gozando de una mejor vida, para la que fuiste hecho. Este fue tu historia y tu destino. Sin duda, el Universo te depara un nuevo y mejor camino. Bendiciones y ten un buen viaje" lo solté de mis dedos, esta vez sí cayó en el agua y tiré la cadena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario