domingo, 7 de agosto de 2011

Berta camina más rápido de lo normal. Está en el centro de Santiago. Su medio tacón retumba entre los edificios de una calle cualquiera. Es un domingo nublado por la tarde que casi anochece. Es chica. Entre pelos gruesos, blancos y negros, una cola de caballo se enreda en la parte más alta de su cabeza, formando un tomate ahorcado por un colet negro. Usa una falda de lana color azul que le llega casi a los tobillos. Sobre su blusa crema y un chaleco, sus hombros se cubren con una manta negra que abriga su espalda. De frente, las dos puntas se sostienen con un nudo. Aprieta algo entre sus manos.
En la cara de Berta se dibujan sus arrugadas profundas, criadas bajo el sol y el polvo del verano en el campo, de fríos penetrantes y la humedad invasiba del invierno. La boca igual de arrugada no se distingue bajo una nariz grande y recta. Sobre los ojos azules, chicos, entumidos por el frío y sin parpadeo, las cejas bajaron tanto como la vista que sigue los pasos ruidosos y pequeños de lo zapatos. Bajando por Agustinas Berta dobla en una esquina a la izquierda. Mira hacia atrás y no baja el ritmo de su paso. A media cuadra, vuelve a girar la vista, dejándola un rato más. 
En la calle vacía, el gris azulino del día, empezaba a ceder naturalmente hasta que se hizo noche. Berta aceleró su paso al ver que en la esquina estaba un hombre parado, con los puños cerrados, pelado, vestido con bototos, jeans y chaqueta negra. Miraba hacia todos lados hasta que fijó su vista un bultito negro que se movía rápido. Era Berta, que se puso a correr. El tronar de sus zapatos talla 36 no tenían ritmo. Se aceleraban destartaladamente.

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