Había una casa de madera encima de un monte acompañado por un camino sin rejas. Sobre la siguiente loma, otra casa en la cima y así por todo el valle. En la primera casa, en el segundo piso, desde la venta, un niño miraba a la casa de al frente. Era de noche y vía unas luces, a una persona que se movía con los brazos abiertos al cielo, reflejando una sombra gigante en el cerro.
Un día, antes de entrar a su casa, a bañarse, comer la cena y meterse en el sobre a dormir, estaba cortando leña en el patio de su casa. Su madre se asomó por la puerta de la cocina y le gritó que se entrara porque ya iba a oscurecer. El niño respondió que iría cuando terminara. Tomó otro leño y lo puso sobre un leño mayor. Bajó el hacha que partió con un crujido la madera y ya era de noche. Su vecino partió su ritual veraniego.
Clavó el hacha en el leño mayor. Se secó el sudor de la cara. Caminó un par de pasos, paró, pero decidió seguir. Quería saber quién era ese personaje y qué hacía todas las noches. Y se puso a caminar. Una lluvia veraniega formó un barro espeso que cubrían sus botas, haciendo más lento y pesado al caminar. Notó que estaba más lejos de lo que él creía. La curiosidad comenzó cuando escuchó un ruido que crecía con la cercanía a la casa, acelerando el paso.
Lo que se conoce como un violín, sostenía una nota dulce, limpia, que subía y bajaba. Un piano con dos notas lo seguía. Una caja, un bombo repetido. Sonaba el raspar de unas plumillas de metal sobre el cuero estirado de una caja. Se acabaron las notas, los bombos, se escuchó un silencio y luego se dejaron caer todos los sonidos juntos por una cascada que bajaba lenta, con un pandero y un bajo a penas tocado.
A unos árboles de distancia de la casa, el niño era gobernado por la música. Nunca la había escuchado. La palabra no existía en su diccionario. Con un tambaleo involuntario y sin saber lo que hacía, caminó para empaparse de frente con la música, lo pillen o no. El hombre bailaba solo, sosteniendo una gran copa de vino en una mano y en la otra un tiparillo que se quemaba por bailar a ojos cerrados.
El hombre se emocionó entre el baile, el vino y su pucho de hojas negras. Tanto que le salió el tenor teatral que llevaba dentro. Pecho inflado, barbilla alta, brazos expositivos. Sin llegar a los tonos de la canción, tenía un amplio repertorio. Su cara formaba sentimientos, el cuerpo le seguía el juego composturas nuevas. El hombre simplemente improvisaba para su público imaginario, hasta que la música se acabó.
Se acabó armónicamente de un solo golpe. Acompañaron un par de insectos sonoros, el hombre descansó en su formación. Levantó sus brazos votando el vino y gritó "¡Gracias!" El niño se despertó de un salto y se quedó inmóvil mirando al hombre que aún no lo veía a él. Primero, bajó la copa de vino y le dio un sorbo a su copa. Después bajó la otra mano y le dio una pitiada al pucho. Votó el humo y miró al cerro acostumbrado a ver su sombra aumentada. Pero notó había otra sombra más pequeña junto a él. El hombre bajó la vista y lo vio ahí quieto, helado, sobre un radio de barro sobre su pasto impecable. El niño se largó a correr.
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