lunes, 20 de diciembre de 2010

Otro sueño

Todos salieron antes que nosotros. Mi padre y yo tuvimos que viajar a Colina, si es que ese lugar se podía reconocer como Colina. Quizás, Colina, pero de hace 100 años atrás. Viajamos a pie y en tren para ir a buscar un auto fúnebre. Era bastante exótico, de color rosa crema, y, más bien, era una  carroza deportiva. "Aquí estamos, éste es" me dijo mi padre. El carro se posaba bajo cuatro palos y un latón de sic a modo de techo. No sé a quién esperábamos. El piso estaba cubierto de  barro y paja. En vez del auto, debía haber un caballo allí.

Es el primer recuerdo que tengo de hablarle a mi viejo con tanta espontaneidad, soltura y libertad de vocablo y temáticas. Antes era: Sí, Señor. No, Señor. Algo así. Desde el lugar podíamos ver los terrenos loteados sobre unos grandes bloques de piedra. "Cómo se construye sobre piedra. Será tan fácil como me lo imagino" pensé. Subimos a  ver una de las casas. Para mi sorpresa, una era  de la familia de Alekos, un compañero del colegio. En la cocina charlamos, mientras Alekos se movía de allá para acá, preparándose unos potes con comida. 

Titulado de arquitectura- dijo.

Qué bien. A mí me queda poco.

A qué rato- se entrometió la madre de Alekos, reluciendo la claridad mental de su hijo y dejándome entre el común popular de la gente. Recuerdo que también lo hacía cuando me subía al auto. Resulta que yo me iba a pie y ellos en auto y bajábamos todos por el mismo lado y un día ofrecieron llevarme. Cada vez que me subía en ese auto, la madre de Alekos miraba hacia atrás y yo lograba sentir el peso de su vista despectiva. "Este niñito no debería juntarse con mi hijo" creo que pensaba. Prejuicios. 

No sé a dónde se fue mi viejo, creo que tomó una moto y partió. Yo iba sobre la mía, y atrás de mí, una chiquilla amiga mía que sabía andar muy bien en moto. Yo iba aprendiendo y ella me gritaba las instrucciones que con un acto mecánico ponía en práctica y mi moto aceleraba. Quiero tener una moto así de pesada entre mis piernas. Vamos bajando por unas calles, claramente fuera de Santiago, por las que ya había pasado antes. Quizás en otros sueños. De hecho.

Llegamos a la casa de día. Entré a mi pieza que compartía con Matías, mi hermano. En la pared, colgaba una cruz que penaba siempre. Esta se movía de un lado a otro. Pena. Me han penado toda la vida y ya no me asusto como cuando era más chico. Ahora es hasta normal. Salí de la pieza y recorrí por toda la casa de madera, y por las innumerables piezas que tiene la casa, en búsqueda de Matías. Lo pillé en una salita cerca de la cocina, con un par de amigos: camilo y el goyo, y estaba mi madre. Todos comían sushi. Al verme, las vistas despreocupadas y poco formales de los amigos de mi hermano, ya me resultaban normales. No pescan. Son más grandes y qué les va decir un pendejo 5 años menor que ellos. 

Matías la cruz se está moviendo de nuevo- le dije.

Y qué querí que haga- me respondió con su tono, cara y quitando la vista como lo hace siempre. A modo de que lo deje de molestar. Cumplía su labor de hermano grande, o sea, no pescar al hermano chico.

No sé po, regalémosela a alguien por último- le dije.

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