domingo, 12 de diciembre de 2010

reportaje


La enfermedad que nunca sana

Javier Phillips peleó contra tres enfermeros. Un minuto antes, revisaba los mensajes y llamadas de su celular, apoyado sobre una mesa, en una de las salas del Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Chile. “¡Suéltame concha tu madre!”, le gritaba a un enfermero que lo inmovilizaba por la espalda, tomándole los brazos. Otros dos, lo tomaron de las piernas, cuando Javier les contestó con patadas en la cara. Le sacaron las zapatillas, los collares y el cinturón. “¡Mamá, dile que me pasen mis cosas!” Llorando le gritó a sus padres, que a diez metros de él, abrazados, sólo miraron cómo a su hijo lo arrastraron hasta cruzar dos puertas blancas, donde ya no se escucharon más sus gritos.
Según el Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Chile, unas ochenta personas son diagnosticadas al año, bajo la condición de esquizofrenia, enfermedad que nunca sana. Éste es el caso de Javier Phillips, que el año 2004 fue internado a la fuerza con el diagnostico de esquizofrénico Paranoide. Esta condición aparece sólo entre los 20 y 22 años. Javier tenía 20, recién cumplidos. Los síntomas son discretos: apariencia, lenguaje, afectividad, ánimo e inteligencia parecen normales. Pero cuando se desarrolla el cuadro esquizofrénico, los delirios son: de grandeza, persecución y de autorreferencia (piensa que lo observan, vigilan, que están hablando de él). Cuando a Javier le cambió el “clic” en la cabeza, no dio señales en su casa. No le contó a nadie.
El año 2003 Javier acabó su vida escolar, para comenzar su primer año en la Universidad. No todo era estudio. Ser mechón implicaba conocer gente nueva y muchos carretes. Una noche cualquiera, descalzo, echado sobre el sillón de la casa de un compañero, vestido con unos pantalones de lana con muchos colores y una polera blanca de algodón con el cuello cortado, prendió un pito. Tiene el pelo de color castaño, largo hasta los hombros, cruzado por un cintillo en la frente, y tiene los ojos verdes. Sonrió y se le vieron las dos paletas, como los dientes de un conejo. Tomó cerveza de la botella y la dejó en la mesa. Se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en el sillón.
Justo en ese momento, en una fracción de segundo, algo sucedió dentro de la cabeza de Javier. “Weón, estaba con los ojos cerrados, cuando en mi cabeza, algo hizo clic. De un segundo a otro, tuve la revelación de mi vida: las personas hablan en códigos. Todo lo que decían no es real”, recuerda Javier sobre la primera vez que se manifestó su enfermedad. Esa noche, Javier llegó a su casa, pero durmió.  Se quedó sobre las sábanas de su cama, inmóvil, en posición fetal.
Pasaron dos meses de aquel día y Javier no salía mucho de su casa. En las mañanas, se levantaba, caminaba por el living, la cocina, apoyaba las yemas de sus dedos sobre la mesa y las deslizaba lento por la superficie. Aún vive con José, su hermano chico. Cuando él se levantaba, Javier se ponía activo: cocinaba, conversaba, ponía la mesa para el desayuno. Según José Phillips, su hermano no desayunaba y se sentaba a preguntar a quienes conoce, amigos, tías, amigos del papá. José empezó a sospechar de Javier, cuando los “desayunos eran muy frecuentes” y parecían más un interrogatorio, que una conversación normal. Javier preguntaba tanto, para encontrar algún signo en las respuestas, alguna mentira, un error de concordancia.  “Todos me mienten” pensaba.
A fuera de casa, Javier se sentía dentro de una película. “En algún minuto creí que era el personaje principal de un gran show televisivo, como en la película “The Truman show” cuenta. Un día salió con su padre al supermercado, cuando entró a la tienda, por el alto parlante sonaba una canción de Pancho en Piedra, llamada Viejo diablo. “No me hagas sentir mal, cortando mis alas, no me hagas sentir mal” Javier le cantaba al oído a uno de los guardias de seguridad. “Cuando el guardia me miró, yo le sonreía con cara de idiota. No le dije, pero quería gritarle ¡te pillé weón!” Creía que todo el supermercado estaban confabulando en contra de él, distrayéndolo con música, para evitar que Javier se enterara de que todo era una farsa: su vida, el amor, sus padres, el sistema.
De hecho, no podía salir solo a la calle. Si alguien lo miraba de reojo, Javier le gritaba “qué mierda me miras. Sé lo que estás pensando de mí. Deja de mentirme. Sé que tú y todos lo saben”. Bastaba una conversación entre dos niñas en un paradero, que miraran a Javier, para que se exaltara y empezara a maldecir a la gente. Aquí, Javier cayó en la paranoia y la autorreferencia. Javier sintió pánico, porque todo el mundo hablaba de él. Literalmente, Javier estuvo imposibilitado médicamente para compartir en sociedad.
Javier le contó a su padre, quien lo llevó al Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Chile. Ante una comitiva de doce psiquiatras, partió su tratamiento médico. Su punto más crítico, lo alcanzó cuando Javier se creía Dios. Él sentía que las personas vivían en una farsa de la que solamente él, los podía salvar. “Sentí tanto amor. Mi espiritualidad se elevó. Veía a todos muy pequeños, caminando tristes por la calle. Quería era ayudar a la gente” cuenta. Javier alcanzó el síntoma de grandeza.
Para Javier Phillips padre, la situación lo desbordó. “Me sentí incapacitado de ayudar a mi hijo. Lo único que podía hacer, era ir a verlo a diario y preguntarle si se había tomado los remedios” cuenta mirando al piso, con los brazos cruzados. Por lo mismo, un día el padre de Javier le dijo “acompáñame a la clínica, vamos a la Chile, hacerte unos exámenes. Vamos con tu mamá”. Anteriormente, habían ido varias veces, pero esta vez, Javier no saldría del complejo psiquiátrico.
 La primera noche Javier durmió sedado. Despertó en una pieza con las murallas acolchadas, descalzo y atrapado dentro una camisa de fuerza empapada por saliva. Los últimos cuatro meses del encierro, fueron los más fuertes. A la cabeza de Javier, le pasaron corriente de cien a cien. Le aplicaron la Terapia Electro Convulsivante o de electroshock. Once veces. Consiste en producir convulsiones a nivel cerebral, para romper las sinapsis (ideas) entre neuronas.
Javier estuvo parado frente a una puerta blanca, solo, descalzo y con una bata blanca. Las puertas se abrieron. “Habían dos enfermeros. Había una máquina parada junto a una camilla y foco de luz gigante, nada más. Me acosté en la camilla, me ataron de las muñecas y los tobillos. Una cinta de cuero apretó mi pelvis a la camilla. Uno de los enfermeros me puso una mascarilla y me dijo que respirara fuerte, y ahí, me dormí”.
Hace seis años que dejó el hospital. Ahora camina tranquilo por la calle, cargando su guitarra. Ya no ocupa cintillo y tiene el pelo. Viste con unas zapatillas negras, un pantalón café y un chaleco de lana verde.  Saluda con una sonrisa y un apretón de manos. Es una persona normal, pero aún debe tomar medicamentos. Si a Javier alguien le pregunta ¿has vuelto a pesar cosas? Él te respondería “De repente, se me vienen algunas ideas locas. No tanto como antes. Pero mejor olvidarlo al tiro”.

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