Otra ocasión en la que he visto mi futuro exacto, fue como a la misma edad. Era navidad del 95, jugaba con una porotera que me llevó tardes enteras de construcción y modificaciones que incrementaron su poder de fuego. Al final, no ocupaba una botella, sino, un tubo de pvc y globos. Unas vueltas con cinta aislante y listo. Con el tiempo, ya tenía un mango y si apuntabas con ella, dabas miedo. Luego, el cañón pasó a ser más grande que su base, desde donde salía dispara la piedra. En manos de cualquier niño, era un arma mortalmente intimidante.
Así, jugaba solo de noche, a eso de la una de la mañana, en medio de la calle. Sólo escuchaba las copas y voces que salían de las casas de mi cuadra. Y a lo lejos, al fin de mi calle, Bilbabo. Descargaba una, dos, tres piedras seguidas por repetición y acompañadas por algunos sonidos extraños que emitía. ¡Tusf! ¡Tusf! Las piedras se iban enterrando en un pedazo de plumavit que se había volado de su bolsa de basura.
Después de los tres disparos, pensé qué pasaría si una de las piedras rebotaba y me daba en el ojo. Al mismo tiempo en que lo imaginé, la cuarta descarga iba con la máxima potencia que mi arma había alcanzado. La piedra rebotó y me dio de lleno en el ojo. Solté el juguetito y me llevé las dos manos al ojo, presionaba. "Me habré quedado ciego" hasta me pregunté. Después de un dolor desesperadamente incesante, abrí mi ojo cubierto por una lágrima que costaría mucho en caer.
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