Caminaba por las calles de Montañita y entre artesanos, malabaristas, músicos, había un broder con un didjeridu que medía más de un metro de largo, con una salida anchísima y envuelta con telas verdes, amarillas y rojas. Vestía pantalones tai de tela india, blanca, al igual que su polera y el turbante que envolvía su cabeza, contrastando con el color moreno de su cara y ojos negros
Me acerqué y le pregunté si podía tocar, pero no pude sacarle el sonido. Él, con una expresión algo despectiva en la cara, movió su cabeza de lado a lado, a modo de entregarme su negativa opinión de mi desempeño al tocar su instrumento.
Me lo pidió de vuelta y apoyó el didjeridu en el suelo, lo abrazó y me dijo "broder, el didjeridu te tiene que encontrar, no tú a él, por eso no sabes tocar". Tomé sus palabras y seguí la ruta de esa noche.
Entramos a tocar en todos los bares y restaurantes con gente. Un cajón peruano, dos guitarras, un guiro y la voz de pancho, tomás, jimy y la mía. Hasta que recibí mi señal y me dejé llevar junto al ritmo. Mi fuerte: el freestyle callejero que tantas veces, tantos años llevo practicando, fluyendo en su máximo esplendor. Y lo hago bien.
Sin saltarme ni un tiempo, cayendo en todos con una palabra, con buenas energías y tomando una idea de cada objeto del entorno, rapeaba. Las caras de pancho y fede me alentaban a seguir en esa sintonía. Lo estábamos pasando muy bien. Hasta terminar el show con una rimada despedida, con la gorra en la mano, lista para pasarla.
Hicimos unos 11 dólares sólo en ese local. Salimos, le pasé el dinero al tesorero, gabo, y fuimos en búsqueda de otro lugar. Ya desinhibido con el entorno, sólo pensaba en entrar y cantar lo que saliera. Pero entre los paseos entre esas callesitas, apareció el broder del didjeridu y me dijo "broder, eres una máquina del rap, cómo fluyes, imparable broder, qué buena madera, yo también hago el rap y solía..." Mientras me felicitaba sin soltar mi mano del saludo, yo le dije "Broder, el rap te tiene que encontrar, no tú a él".
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