Acción Social Universitaria. Me quiero quedar con la última palabra: universitaria, universidad, universo, uni, uno. En este lugar se concentra el futuro productivo de la sociedad. Se encuentra la mente que rueda frenética por las ideas y sus luces. Muchas mentes.
Dejamos el estado pasivo del qué puede hacer el Estado por nosotros y nos invertimos a la actividad, a la acción de qué podemos hacer nosotros por el Estado y sociedad. Su fin: EL BIEN COMÚN. El nuestro como universitarios: tapar las grietas invisibles de este FIN que nunca llega. Cómo: ayudar es el verbo que se lleva a la práctica.
Voy con un pilote en la mano, saliendo de la casa de la paty, dueña de la futura casa (3x6.10M) que vamos a construir con mi cuadrilla. Ella es gordita, de un metro sesenta, morena de pelo largo y ojos negros, achinados. Cuando sonríe se le ve un diente de metal brillar. Su terreno es un "bajo", un hoyo gigante que fue rellenado por un camión que votaba sedimentos: ladrillos, tierra y piedras. Clavaba el chuzo en el piso y sonaba toinc en todos y cada uno de los hoyos para los pilotes.
Salgo de la casa con la misión: necesito que pelado, un cuadrillero de la casa contigua a la mía, corte un pilote que sobrepasan el hilo que nos da el nivel de la casa. De puerta a puerta deben ser setenta metros. Setenta metros que separa dos familias, dos historias, dos realidades. Estas son opuestas. Pensar en lo que pueden entregar los trabajos voluntarios. Vida. Experiencia. Anécdotas.
Los dos lugares tienen en común la construcción de una casa, la misma. Mis vecinos, el señor Sánchez tiene una casa colonial de adobe, con techos de 3 metros de altura. El frontis de la casa se ve perfecto. Las ventanas, los faroles y unas banquitas blancas de madera se cubren bajo el alero de la casona. Era un patrimonio nacional. Era antes del terremoto.
Vuelvo a mi casa. Está Silvio, marido de paty. Lo saludo. Presento mi palma y aprieto. Él es moreno, con las manos gritadas por el trabajo campestre. Duras. Tiene ojos verdes, achinados, parece un gato. En la primera casa que él construyó, se hace chicha. Es fácil. Se toma el racimo entero del parrón, se estruja no muy fuerte y se deja reposar en un barril de madera o vidrio. Se deja tres días y luego se cambia de envase. Con todo el resto, se hace agua ardiente. En casa tiene 100 litros de chicha.
Ya es de noche y cubrimos la casa con un plástico que la dejó protegida. Silvio se acerca y me dice "ustedes se han portado muy bien conmigo, ahora yo quiero portarme bien con ustedes. Si dan, yo doy. Además... están construyendo mi casa". Y nos hizo un asado. Con nico tomamos la camio y fuimos a comprar con Silvio. Se rajó con: 4 cajetillas de cigarros, 4 litros de vino tinto en caja y un ron metjans. Él no fuma.
El primer local que fuimos estaba cerrado. Cuando nico retrocede, caímos en una alcantarilla. Un hoyo que filtra el agua de lluvia en las calles de tierra en Pichidegua. La rueda giraba y no tenía apoyo. Estaba en el aire. Silvio se baja, algo ebrio ya, me dice que hay que levantar la camioneta para sacarla del hoyo. "Estay loco weón" esa mi respuesta. Al tercer intento, nico aceleró el auto mientras que con Silvio levantábamos la rueda y empujábamos hacia adelante. De pronto la rueda en algo se enganchó y sacamos la camio del hoyo. Ni me la creí.
Llegamos a casa, comimos la primera tirada de cerdo, pollo y chorizos. Con la música de Américo a todo chancho, la parrilla llena y todos comiendo con las manos, chupándonos los dedos y tomando chica a la vez. Silvio se acerca de nuevo y me dice "oye, quiero que vayas a buscar a los niños de la casa de al lado, ellos también ayudaron a parar la casa, los quiero invitar también". Tenía preparada la segunda tirá de carne para las cuadrillas de la casa de al lado.
Salgo de la casa de Silvio y paty, sin frío y más prendido que antes. La misión es traer a todos a mi casa para celebrar. Salgo en la búsqueda. He recorrido el mismo camino por lo menos unas 20 veces al día pero ahora ya es de noche. Las 12 horas de trabajo ya no las siento. Paso la reja de la casa del señor Sánchez. Entro al galpón. Están todos centados en la mesa, ambas cuadrillas, la de Javier y Álex (que no sabe construir).
Mantel blanco, copas de cristal llenas de ponche, papas fritas, chitos, ramitas y embutidos de no sé qué. Platos para el pan. Servilletas, cubiertos de plata. Comparto un rato, brindamos por nosotros, reímos. Nos hacemos los lindos. La señora Sánchez lleva aritos de oro y su hija de 46 años también. Les cuesta soltar una buena carcajada. Escuché que entre los cuadrilleros y su familia siempre hubo algo entre medio (durante 3 días) . Algo que nos les permitió entregar a full, por ninguna de las dos partes.
Ha pasado un rato. Después de todo el día de trabajo, las cuatro cuadrillas de la escuela están en mi casa compartiendo un asado. Chica, vino y arto webeo fue lo máximo que pudimos dar esa noche.O sí. Nuestra escuela sabe.
Silvio y paty lloran de emoción. Recuperaron el pedazo de casa que el terremoto echó al piso. Nos dan las gracias. Están felices. Mis vecinos, el señor Sánchez también llora de emoción. Da las gracias, pero sus lágrimas son de resignación más que de felicidad. Pasó de tener la casa más grande y vieja de Pichidegua, a dormir en una casa de 3x6, igual que Silvio.

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