Prendo la tv y siempre es lo mismo. Siempre dan la misma basura: Hulk, Spiderman, Arma Moral, Matrix, Apocalipto, 2012, 10.000 antes de Cristo, Termineitor 2 y esas películas patéticas, gringas, de amor, obvias pero emotivas a cagar.
La caja estúpida. Cuánto tiempo he perdido frente a la tele. Mil horas. Yo creo que una inteligencia, una organización, una secta secreta superior a la de los gringos nos está adormeciendo, distrayendo, hipnotizando con la televisión para no movernos, ser pasivos. No actuar.
Mientras. Ellos llevan a cabo sus planes de conquistar el mundo. Mientras la verdadera alma, la verdadera arma de una nación, la gente, se mantenga dormida, separada ante los problemas que tiene el mundo, ellos podrán llevar acabo sus planes.
Al final, harán que nos matemos unos entre otros. Se quedarán con la tierra , mientras las grandes naciones se matan con las guerras. Qué mierda.
Lo peor de todo. Lo que vemos por televisión es una señal, no exacta, pero sí clara de lo que en algún momento va a suceder. Los extraterrestres existen, viven entre nosotros y sus naves se esconden en el fondo del mar inalcanzablemente profundo para el hombre. Por ejemplo.
Las comunicaciones están hegemónicamente unidas, que cuando algo verdaderamente trascendental suceda, todos vamos a estar tan conectados que nos unirá el mismo hecho. Más que la de un mundial. Verdaderamente va ser de vida o muerte.
Se manejan las comunicaciones, el dinero y los bancos, las fuerzas armadas, la tecnología, la información, Internet (qué miedo). Saben, conocen, controlan, manejar y distribuyen a su antojo... quién chucha sabe.
El plan era: tomar los dos autos, el corsa pick up de mi hermano Matías y el peugeot de una amiga de él. Ir a la oficina, cargar una moto, llevarla al taller y devolvernos a la casa y quedar chinos.
Íbamos bajando por Colón, tomando la curva que está antes de Vespucio. Mi hermano iba adelante. Justo en la curva que se cierra a la derecha y luego se abre para mostrar la avenida, veo que el peugeot se cruza de su pista a la tercera, brutamente, y se da un trompo quedando en medio de Colón. Una viejita en otro auto lo chocó por el costado de copiloto, en la rueda.
Una imagen antes. Al ver el auto girarse, pensé que iba a seguir de largo, pasándose a la pista contraria, justo, cuando lo pescaría otro auto de subida.
Pero no, mi error fue más huevón. Frené casi al mismo tiempo que él y me giré de la misma forma, sólo que a mí nadie me chocó. No. ¿Qué onda? Un show sincronizado. No cachaba por qué. Qué pasó.
El factor agua en la calle y ahuevonamiento nos jugaron en contra.
Estacioné el corsa a un costado, me bajé, me acerqué al auto y le pregunté a mi hermano "¿Estay bien huevón?" Blanco me dijo que sí, moviendo la cabeza. Miré el peugeot de frente y tenía las dos ruedas para adentro. Se miraban. ¡Ya wn pico con la huevada! decía Matías.
Estacionamos el auto en un edificio que está justo en frente de la escena y ahí lo dejamos. Había que cumplir la misión 1 y volver a la 2, un nuevo problema: auto ajeno, la dueña no sabe porque está fuera de país y todo un royo que se solucionó muy fácil.
Llegamos a la Oficina, cargamos una moto en el pick up y la llevamos a un taller. La bajamos. Nos subimos al auto y le corsa culiao no partía. ¡Qué huevaa! Matías pateaba la perra. A mí me da risa.
Me bajé a empujar y prendió. Una. Seguimos, subimos y cuando íbamos llegando a Vicuña Mackenna el auto se apaga. De nuevo, me bajo, empujo y prende. Dos. Llegando a vespucio. Tres. Pero esta vez, el tubo de escape vomitó unos truenos y relámpagos que no había escuchado antes.
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Se baja y empuja, lo prendo. Cuatro. Andando en tercera, avanzábamos a 40. Llegando a Flandes, frente a la casa de mis abuelos, se apaga. Muere. No tiene pulso, ni sonido. No hace contacto. Está muero.
Lo estacionamos en la entrada de la casa de los tatas. Tocamos el timbre y salió mi primo tato. Abrimos el capó y no podía ser más obvio. Después de esto uno aprende, pero en el minuto no cachaba ni una de autos, ni mantenimientos ni kilometrajes y del sapito y todo eso que es tener un auto. Sólo sabía que ese olor era a quemado.
Mi primo dice "esta huevada huele a quemado wn". "¡NOOOOOOOOOOO! ¡OH! "Este huevón es grande" pensé.
¡¿Salimos en dos autos y llegamos a pata a la casa?! Línea para la resta, catastro de pérdida, costos. Quemamos el corsa. No tenía aceite y líquido refrigerante.
El auto no era mío, pero algunas veces lo ocupaba. Huevones idiotas, pendejos con un juguete, nunca revisamos niveles, ni lo llevamos a la revisión técnica. Lo ocupábamos no más.
El Peugeot se fue al seguro y listo, pero el corsa no, se fue a un taller. El mecánico dijo “nunca había visto algo como esto, mira ven a ver”y me mostraba una pasta negra que tenía en los dedos. “Esto es el aceite de tu auto” dijo.
El asunto El auto no murió, sino que lo matamos. Ni pan ni agua. Las cuatro veces que prendimos el auto, cada vez que el auto escupía eso sonidos, cada vez que partía lo hacíamos cagar. El motor explotó. Tuvimos que enderezarlo con una prensa industrial. 300 luquitas.
Santiago de Chile. 17 Enero 2008. En un baño de dos por dos, con un Water y un lava manos del porte de una bacinica, podía cagar y lavarme las manos al mismo tiempo. No se podía fumar. Tenía un espejo colgado. A la misma altura, una ampolleta que no se apagaba en todo el día.
Entre productos de limpieza, papel higiénico, sopapos y cajas, encima, estaba tirada una torre de camisetas, cinturones y pantalones con falla. Baño-bodega. Todo junto, más ese incesante sonido de la calefacción de la tienda. Era tener la turbina de un avión sobre la cabeza. Se apagaba con la ampolleta. Se apagaban.
Parado frente al espejo, me miro. Me peino. Entro mi camisa al pantalón y salgo. Me pongo mis lentes de sol. Es mi hora de almuerzo y estiro la mano a Octavio, mi "jefe", que me pasa 3 lucas.
La tienda Bellota tiene un cuarto de siglo. Creo. En el Apumanque, donde trabajaba, mis compañeros de tienda eran José, que trabajaba porque tiene una hija; Octavio, por las lucas; y Alex, un cabro con tiempo.
Buena onda. Uno salía a darse unas vueltas, después salía el otro. A pasearse por el Moll. Almuerzos más largos.
Trabajo por dinero para escaparme. Sé a dónde quiero ir, pero no sé a dónde voy a llegar. Es como la vida. Lo importante en esto es llegar.
Escapo porque nunca me había sentido tan solo. Me quería borrar del mapa, un mes que sea. Tomé mis cosas y me fui solo al Perú.
Tenía que sacarme todo estando lo más lejos posible. Antes de irme, me despedí de algunas personas. Era como para no volver. Le declaré mi amor a la cata: que la amaba, que fuera la madre de mis hijos. Yo la dejé ir una vez, ahora ella a mí.
Tomé mi pieza y la dejé pelada. Boté cajas de recuerdos, regalos, fotos, miles de papeles. Ese fue mi closet. Mi escritorio quedó sin papel alguno. Mouse, pc, teclado, pantalla y parlantes. Mi repisa de tres pisos se quedó con mis libros, resguardados por Juampo, mi oso. Cds, cintas, una pipa y un par de perfumes. Y sería.
Perú, playa de Huanchaco. 24 de febrero de 2009. 5 de la mañana. Acabo de llegar, por fin me puedo bajar de ese bus de mierda. Necesitaba un tico que me llevara a la costa. 30 soles, me rajó el chato al verme la cara de urgido. "El centro es peligro" me dijo. Me subí al taxi.
Cinco días estuve sentado frente al mar. Mi carpa, una sombrilla, el bidón con agua, la manzana-pipa y el mar. Estaba solo. Me había quedado así. No entendía, y para hacerlo, mejor, me fui a sentir la soledad, a vivir con ella, a entenderla, disfrutarla.
Lo logré. No es mala compañera estando solo, pero siempre es mejor estar de a dos. No era mi momento. No tenía que serlo tampoco.
Pensé en todo. Ordené mis dudas para ser contestadas por la confianza de mi criterio. Acerté. Conseguí las respuestas. Construí mis cimientos sobre la arena, sentado a lo indio bajo a la sombrilla. En mi mano, un libro abierto cortado por mi dedo gordo, se apoya en mi pierna. No estoy leyendo. Tengo la vista perdida en el horizonte. Embobado por el sol, el mar y los pájaros que vuelan a ras del agua cerca de la costa. Con un giro suben a lo alto para dejarse caer en picada, sumergiéndose con un clavado. Aleteando salen a flote. Vuelven a volar con el almuerzo en el pico, un pescado. Qué buena idea "almorzar" pienso.
Introspección, catarsis, ataraxia. Necesitaba sanarme de las dudas y de algunos momentos. Dios, la tierra, el amor, la amistad, la familia, el pasado, presente y futuro en un mismo segundo. ¿Qué quiero? Bien. Hay que ir por eso.
Del mar salió uno de estos pájaros. Caminaba lento. Unos niños le tiraban arena y él ni se inmutaba. El mar, su ritmo, volar lo tenían cansado. Agotado. Quería descansar. "¡HEY! ¡NO LO MOLESTEN ES MÁS VIEJO QUE USTEDES!" Les grité a los cholitos que me hicieron caso.
El pájaro se puso a descansar a mi lado. Estaba a un metro de distancia de mi refugio caribeño. "Uno que me entiende" le dije. "Estás cansado, pues descansa" le volví hablar. Echó su cabeza hacia atrás y se puso a dormir. Nos acompañábamos.
Donde el mar iba y se recogía, caminaba la gente. A lo lejos vi venir una familia de puras mujeres, niñas y señoras. Una de ellas se acerco a mí. "Hola, qué le pasa este pájaro" me preguntó. "No sé, creo que está cansado" le respondí. "Permiso, no te voy a molestar" dijo. "Adelante" respondí.
Se hincó a medio metro del pájaro y me miro frotándose las manos, me dijo "este es una forma de sanar, se llama mahikari y es un arte, el mismo que practicaba Dios". Cusi era su nombre y practicaba el arte de la sanación con la energía del Universo. Lleva años y ha sanado a mucha gente. Enderezó la columna de su hija. Un milagro. Ni los quiroprácticos ni las operaciones.
Hay que saber que somos parte de todo. Cuando el ánima y su energía deja nuestro cuerpo, esta vuelve al Universo que la ocupa para crear otra estrella, en germinar otra semilla, en evaporar el agua del mar para regar la tierra y alimentar los animales. Produce vida.
Lo sabía pero Cusi lo dijo sin que yo le dijera"...yo soy todo el universo, ahora, acá, en esta forma. Soy un puente entre el universo y la tierra. Tomo la energía del universo que canalizo con mi mente y que proyecto con mis manos para entregársela al pájaro".
Estaba sorprendido. Dijo lo que yo pensaba. 30 minutos de sanación y el pájaro despertó. Estiró su cuello que irguió al cielo. Abrió sus ala de casi un metro y se sacudió. "Ya está" dijo Cusi. El pájaro se puso a caminar, cada vez más rápido, hasta que se decidió a volar. Corrió y lo hizo. Voló. Detrás de él, un sol naranja que se corta con el horizonte del mar. Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Cusi me mira y me dice "ahora te toca a ti ¿quieres?" Asentí con la cabeza, no podía hablar. Frotó sus manos, rezó una plegaria y estiró sus manos. Sentía el calor que me entregaba. "Te vi de lejos. Vi tu aura. No sabía quién era, pero distinguí el color de tu aura. Eres muy bonito." me dijo. 20 minutos de sanación y yo lloraba en silencio. "Suelta todo" me dijo.
"Ya ¿te sientes mejor? Que bonito todo esto. El pájaro fue nuestro puente, sino fuera por él, no te habría conocido Francisco. Fue un gusto. Estoy alegre" y me miraba con una sonrisa. Nos abrazamos y ella me hizo cariño en la cabeza. "Ya estás mejor hijo mío" tomó mi cara, me besó en la mejilla y me dejó unos soles, fruta y se fue.
Esperé el consuelo de una mujer. Ese fue mi error: esperar. Qué puede retener tu tiempo y adaptarlo a tu día. A diario. Creo ser un experto en terminar relaciones, y últimamente, queriendo lo opuesto. Yo estoy claro pero hay que contar la sanidad y tranquilidad mental de ambos. Uno tiene que estar bien, cómodo.
Quizás, simples excusas. Soy bueno sacándome alguien de adentro. Me ha pasado más de una vez. Me la sé. Más observador que antes, lo huelo y sé cómo funciona. En el momento de los "quiu" hay que soltarlo todo, tomarse la palabra y decir y preguntar el por qué. Pedir un razonamiento sincero. Y cuando me toque hablar a mí, tomar la sensación que me embarga y buenas palabras para explicarlo. Luego tomar aire.
Es una bella mujer, por no decir era. Llegará otra. Hasta que me case y no me canse, no esperaré ni buscaré y llegará y si es que. Es la tónica y con el despecho a flor de piel: la vida da y quita, y cuando da, ten, tomo, ahí tení.
Viajé 2 horas. Del Cerro Manquehue, bajé. Caminé hasta la rotonda de la Alemana y esperé la micro. Pasó, la tomé y me bajé en 11 con Valdivia. Esperé 30 min, hasta que me aburrí y tomé un taxi. Llegué a la casa de mi mujer, amiga con ventaja, la huevada que se ocurra. Ella estaba con su ex conversando algún tema denso, súper metida y con desagrado en sus cejas. A tal punto que daba exactamente lo mismo que esté o no ahí. Sobraba incómodo. “Qué hago acá” me pregunté. Me siento como un idiota.
Esperé un silencio en la conversa. Ella se paró y fue al baño. Yo celoso, humillado, invisible tomé mis cosas y me fui. Al ratito bajó a buscarme al paradero. Descargamos, o mejor dicho, descargué en la calle lo poco y nada que tenía que decir. La frase final fue "...arregla tus huevas y si me extrañas, házmelo saber porque yo no te voy a huevear más. Yo me voy a mi casa".
Caminando por los Leones hacia Bilbao, pasé por una plaza. Al cruzar con verde, un tipo en auto no me vio, yo sí, obvio soy transeúnte. Se me fue una camio encima. Si no doy un salto atrás, me aplasta. El tipo frenó y chocó con la cuneta. Siguió. Yo lo insultaba con mi dedo levantado. Seguí y pensé "wn estuve a punto de morir".
Diego me dijo que no dejo pasar las cosas. Poco se equivoca. No es que yo las retenga en mi pecho. Al contrario, las dejo salir cuando deben hacerlo, no cuando quiera. Entre más amor, más se demora. Entre menos...
De Iván R. aprendí que la amistad es eterna.
De Diego E. aprendí que la palabra forja al hombre.
De Willie aprendí que puedo hacer un "asado a luca" y que una sola mirada mata.
De Vicente P. aprendí que puedo callar, omitir y hacer vista gorda a cualquier cosa.
De Vicente M. aprendí que todo se puede arreglar con un buen momento. Gracias.
De Diego Ego aprendí que puedo llegar a cualquier parte.
De Marcelo G. aprendí a ser ciego por una idea.
De Fernando B. aprendí que hay momentos, sin importar cuáles, que no valen.
De Luis G. aprendí que puedo vivir de mis ideas.
De Camilo L. aprendí que debo caminar solo.
De Esteban O. aprendí que la amistad, algunas, es pasajera.
De Cristóbal M. aprendí que puedo amar a quien no conozco.
De Mumo S. aprendí la incondicionalidad.
De Enrique E. aprendí que sí se puede estar lejos, pero estar.
De Dani E. aprendí que puedo volver a confiar y entregar sin recelo. Gracias.
De Dani A. aprendí a luchar contra la adversidad. A ser fuerte como ella.
De Carla B. aprendí que sí se puede olvidar a una mejor amiga.
De Catalina D. aprendí que no puedo dejar ir a una persona que me ama.
De Mónica S. aprendí que sí se puede olvidar el amor.
De Fernanda R. aprendí que sí puedo mentirle a la persona que amo.
De Daniela P. aprendí que el cariño se prende cada vez que nos vemos.
De Romina R. aprendí que no hay nadie más chistosa que ella. Te quiero amiga.
Y en verdad aprendo de cada uno de ustedes. Nos conozcamos de toda la vida o sólo en un carrete. Todos me han entregado algo y de seguro me falta gente por nombrar, pero sólo a estos recuerdo.
Quizás Diego no se equivocó, porque cuando aprendo algo me lo dejo para mí.
El planeta tierra en su centro tiene un núcleo de hierro, una pelota de metal que es del porte de mi puño. Cada minuto este centro palpita seis veces. Podríamos decir que es el corazón de la tierra.
El corazón del humano late 76 veces por minuto en su fase adulta. Su frecuencia aumenta el doble y casi el triple a un ritmo deportivo o de actividad. Si en promedio son 70 latidos por minuto, 42.000 por hora, 100.800 por día y 36.792.000 latidos por año, en 100 años mi corazón entregará 5 mil millones de latidos sin detenerse.
Cada sonido, movimiento, lo que sea produce una vibración que va acompañada por ondas. Cuando una persona anda triste, angustiada o con miedo, las vibraciones de ese corazón serán menos, más lentas y con ondas más largas. Ciclos que suben y bajan y se demoran en acabar. Si una persona anda feliz y alegre, las vibraciones de su corazón serán más, más rápidas y sus ondas serán más pequeñas y cortas.
Cuando hay dos personas, una junto a la otra, las vibraciones del corazón viajan fuera de nuestro cuerpo chocando con todo lo exterior, o sea, con la otra persona. El cuerpo que recibe, siente, y qué es mejor: una persona que poco estimule, o, una que deje sentir su estímulo por naturaleza.